HASTA SE CORTARÍA LA COLETA

Con arrogancia sobrada, el gran Iglesias Turrión -al igual que Rivera- irrumpió en política divinizando la juventud, condenando la experiencia y las canas como si fuesen la peste bubónica y despellejando a toda la clase dirigente previa a él (en la que había algún chorizo, cierto, pero también muchísima más gente valiosa). Iglesias -como Rivera- proclamó endiosado que con él arrancaba una nueva era, la de la limpieza absoluta y las soluciones milagreras. Había nacido la Nueva Política, la efebocracia.

Pero ahora, ay, el joven ya tiene 40 tacos, dos churumbeles (y otro de camino), una mujer a la que ha enchufado en la cúpula de su empresa y una hipoteca de varios ceros. Iglesias se ha vuelto mayor y se ha desgastado más rápido que la moda de las esterillas de bolas en los taxis. Cometió un error de cálculo garrafal.

En su soberbia, tomó a su público por pánfilo e incurrió en los gustos mundanos de alto burgués que antaño denigraba. Iglesias comenzó a pinchar el día que le echó el ojo a Villa Galapagar y exclamó «¡mía!». El resto del declive de Podemos atiende a cuatro motivos: ponerse de canto en la unidad de España, su chapucera gestión municipal, el circo de las trifulcas internas y el hecho de que la ideología comunista es un añejo despropósito utópico (ahí están los griegos, que tras probar la medicina del populismo zurdo acaban de propinar un puntapié al Podemos heleno, Syriza).

Con todo, quienes pensaban que Iglesias había tocado fondo con la finca de recreo de Galapagar se equivocaban. Ha logrado desacreditarse todavía más, arrastrándose ante la puerta de Sánchez implorando un puestecillo. Transita por los platós televisivos como si fuese el Gollum de Tolkien salmodiando aquello de «mi tesoro, mi tesoro».

Este Iglesias mendicante llega al extremo de que sus principios le importan un carajo con tal de que Sánchez le otorgue la prebenda. Véase el tema catalán, donde sin discutirlo con nadie (lo cual es lógico, porque Podemos son hoy él y su mujer) ha anunciado que a cambio de un carguito se olvidará de su tontuna de los referéndums de independencia y será un leal constitucionalista. Iglesias se cortaría la coleta por un ministerio. Haría el Camino de Santiago de rodillas. El asalto a los cielos resultó ser esto: trepismo y canonjías.

Al final, Podemos facilitará Frankenstein 2. Sánchez gobernará de nuevo con comunistas y separatistas (ya ha pactado con ellos en Navarra y en la Diputación de Barcelona, con el partido del prófugo Puigdemont). Luego llegarán los presupuestos. Como la cabra siempre tira al monte, los separatistas le exigirán el indulto para los golpistas o un referéndum (o el doblete).

Dado que ningún presidente de España puede conceder eso, ni siquiera uno tan elástico como Sánchez, vuelta a la casilla de salida: elecciones (donde los votantes conservadores deberían olvidar los experimentos con gaseosa verdes y naranjas, si no quieren seguir desayunándose durante ocho años con un país sumido en la inestabilidad y la tutela de comunistas y separatistas).

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor