HAY QUE VIVIRLO

Zapatero lo supedita todo a un fin espurio: la proyección de la bondad. En cada línea de sus respuestas late esa pulsión vanidosa, ser bueno, macizamente bueno, portador de una bondad sin fisuras cuyo despliegue trae consigo unas catastróficas consecuencias que jamás sufre él.

Es por tanto una bondad a fondo perdido, o sea que no es buena. Donde mejor se advierte es en la parte dedicada a publicitar su trabajo de mediación en Venezuela. La periodista Lucía Méndez le pregunta si le compensan las críticas recibidas. Los corchetes son míos: «Es una recompensa personal e intransferible [¿Es cuantificable esa recompensa? ¿Podría concretar?], ni siquiera reprocho que no se me entienda [Reprocha lo que no reprocha]. Sólo si se vive se entiende [Lo vuelve a reprochar].

Contribuir a que muchas personas que estaban en la cárcel hayan salido en libertad es muy reconfortante [La contrapartida es blanquear al Gobierno que jamás debió meterlas ahí]. Las familias me lo agradecen. He podido hacerlo por la capacidad de dialogar con el Gobierno de Maduro [Ah, que bastaba con dialogar, cómo nadie se había dado cuenta]. Mucha gente cree que no es posible [¿Felipe González?], yo creo que sí es posible [El chamán de la convicción]».

Quizás, con sus apelaciones al diálogo con el nacionalismo catalán, Zapatero se está postulando como mediador. Tendría una ventaja, ya habla el mismo idioma. Ante las críticas: «Sólo si se vive se entiende».

Rafa Latorre ( El Mundo )