HAY UN VÍDEO DE TODOS NOSOTROS

Cristina Cifuentes ha dimitido y no podía hacer otra cosa que dimitir. Lo del máster era dudoso y lo del vídeo del hurto, vergonzoso. Doña Cristina ha probado su medicina con tanta dureza como ella la administró cuando abusó de la imperfección ajena haciéndose ella la impoluta.

La primera lección es la prudencia con que tendríamos que juzgar los defectos de los demás. Es de nuevo rico pretencioso y hortera poner el microscopio en las vidas de nuestros rivales y hay que ser francamente estúpido para no reconocerse en los deslices o las debilidades que con tanto afán usamos para destruir la carrera profesional y hasta la vida de aquellos a los que no podemos ganar con la inteligencia, la habilidad o el talento.

Si olvidamos el humanismo, el cristianismo, la compasión, la misericordia en que La Civilización se basa, y nos dejamos arrastrar por neopuritanismo populista que ignora las honduras del alma, reviviremos con todo su dolor el horror totalitario de los que creyeron en la superioridad de una raza, en los funestos idealismos y en la eliminación de lo que no era perfecto. Nada lo es, ni nadie. Quiero que no me abandones, amor mío, al alba.

Podemos reír, podemos hacernos los indignados, podemos elevar las críticas y las acusaciones al partido de la presidenta y proclamar que estamos ante el fin de una era. Y puede que efectivamente estemos ante algo que se acaba, y no hay duda de que Cifuentes no podía quedarse ni cinco minutos más en el cargo, pero somos carne de cañón, y de escarnio, si no recordamos que hay un vídeo nuestro igual o peor que el del supermercado que podría humillarnos si se hiciera público. Todos los vicios están resumidos en los linchamientos pero lo peor es la frivolidad con que nos faltamos el respeto a nosotros mismos.

El populismo de los ultrapuros ha convertido la política en una cacería miserable y repugnante donde no importan las virtudes, ni las cualidades, ni el honesto deseo de mundo mejor, ni la capacidad para concretarlo. Sólo importa el daño que podemos hacer y el que nos hacen. Sólo importa la carnaza y excitar las más bajas pasiones de la turba amotinada. Hay mucha más indignidad en los que hoy lapidan a Cifuentes que en su hurto de pobre quinqui de barriada. Hay mucha más indignidad en las lecciones que daba doña Cristina cuando se hacía la inmaculada que en sus pobres cremas o en su ridículo máster. Hay una lección de fondo en lo que le ha ocurrido y un final que es justo el que merece su principio.

Pero que los que hoy celebran su cortada cabeza, sosteniéndola al aire, agarrándola por la melena, no olviden en su delirio enloquecido que acabarán siendo víctimas de la misma miseria, y que si no tienen melena y el implante cede, les agarraremos, para agitarla igualmente, la cabeza por los dientes.

Salvador Sostres ( ABC )