» HEMOS DERROTADO AL VIRUS »

Hemos pasado sin transición de que el Gobierno nos encerrase en casa a cal y canto a que Sánchez se lave las manos, pasándole el envite a las comunidades mientras el virus se dispara tras el retorno de la farra. Las cifras de positivos en los siete días previos al miércoles fueron 2.347.

Superiores por lo tanto a las registradas entre el 5 y el 11 de marzo: 2.128. Es decir, el coronavirus estaría propagándose con similar intensidad que en vísperas de la implantación del estado de alarma (aunque es cierto que ahora el número de pruebas es mayor).

En las últimas 24 horas se han registrado 333 contagios en España, según el Ejecutivo. Aunque continúa el choteo con las cifras, pues en esa misma jornada Cataluña ha notificado 774, más de el doble de las que Sanidad reconoce para el conjunto del país.

Sánchez ha venido jactándose de que «hemos derrotado al virus». Pero sufrimos 73 brotes activos en 15 comunidades. Estamos igual o peor que en mayo, cuando todavía nos mantenían enjaulados. Pero políticamente, el aparato gubernamental ha decretado que la emergencia del coronavirus ha concluido, y con una gran victoria.

Así que el Gobierno progresista ya anda embarcado en nuevas misiones para promover el bienestar general (la última es una causa general contra la monarquía constitucional aprovechando los enredos fiscales del Rey Juan Carlos, una estratagema de Iglesias para desviar la atención de su tarjeta chamuscada).

Durante tres meses vivimos en un régimen de okupación televisiva e inagotables «Aló presidente». Estrangulamiento absoluto de la economía con un cierre melodramático. Prohibición de que un niño saliese un minuto al sol. Multas por estirar las piernas o hacer un simple recado en el coche.

La Guardia Civil peinaba las redes sociales para prevenir que se criticase la admirable labor de Sánchez. No se podía abrir ni una ferretería dos horas. Todas las riendas de la crisis estaban bien sujetas por la mano única y providencial de La Moncloa.

Pero ahora, súbitamente, botellones y macrofiestas, bares con el 75% del aforo, discotecas (¿dónde acaba la mascarilla tras dos gin tonics?). Encuentros con los amigotes, donde tras las cañitas pasamos a hablarnos a la oreja y a gritos. Visitas a nuestros frágiles padres y abuelos sin saber a ciencia cierta si somos portadores. Y un Sánchez que de ostentar unos poderes extraordinarios, casi de autócrata, ha pasado a alquilarle el problema a las comunidades.

Primero pecamos de falta de precaución, retrasando la mascarilla y la suspensión de las reuniones masivas. Luego pecamos por exceso de celo, cepillándonos la economía. Y ahora aceleramos demasiado en los ámbitos lúdicos, fiando la batalla contra la enfermedad al civismo del público.

Para evitar otra oleada tendríamos que estar extremando ya el control (la prevención, los test, el filtrado médico de los turistas); y primando la reactivación de la economía, pero de manera segura, conteniendo los desmanes lúdicos.

El problema es que todo eso exige una estrategia, pensar y programar, y aquí se estila más la política de la patada a la espinilla.

Luis Ventoso ( ABC )