HERENCIA

Renunciar a la herencia de un padre vivo es un gesto, tan elocuente y tan empírico, que suelen llevarlo a cabo los hijos (pocos) de los mafiosos al enterarse del origen del patrimonio de papá que buscan una nueva identidad, lejos de la sucia prosperidad de un patrimonio amasado en las panaderías de la delincuencia. Es un gesto que engrandece al que renuncia y que ensucia y denuncia al dueño del legado.

Renunciar a la herencia de un padre vivo es negarse a guardar turno en la sala de espera de la muerte, porque se quiere que el gesto cobre toda su intensidad antes del velatorio paterno. Se quiere que el padre sepa que sabemos qué ha hecho y cómo lo ha hecho, y que nos negamos a aceptar el oro de sus bolsillos porque pringa y envilece todo lo que podría proporcionarnos.

Queremos, con ese gesto legal previo a la vigencia testamentaria, decirle al padre que, si bien, no podemos renunciar a su arboladura genética ni falsear la partida de nacimiento y el libro de familia, sí podemos expulsarlo de nuestros relicarios con la legitimidad que otorga el demostrar que no queremos nada de él.

Nada, salvo lo que no podemos arrancarnos porque no es nuestro ni de nuestro padre, porque viene dado por la Historia de la que el progenitor sólo ha sido un hilo conductor: la Corona, que lo es de España y de la que los Borbones no son más que sus portadores, como antes de ellos lo fueron otros linajes, otras dinastías.

Felipe VI lo ha hecho, el gesto, con toda su elocuencia empírica. Ha renunciado al oro de su padre porque, al igual que los hijos decentes de los mafiosos, sabe que esos denarios están más sucios que la mortaja de Judas. Y nunca mejor dicho.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )