HIBERNACIÓN QUE PUEDE SER FATAL

España está desde hoy prácticamente paralizada. La orden del Gobierno del cese de todas las actividades no esenciales es la más drástica medida que se podía tomar para afrontar la crisis del coronavirus y a la que se llega por el descontrol absoluto.

Estamos ante una desesperada huida hacia adelante del Ejecutivo que puede costarnos demasiado cara a los españoles. En el terreno sanitario, si no se reduce así considerablemente la propagación del Covid-19 -expertos en todo el mundo dudan de la efectividad de una orden tan drástica ante una pandemia-, al desbordamiento de los hospitales se añadirá el desánimo de una población sometida a un grado de tensión máximo.

Y, en el económico, con la «hibernación de la economía», en expresión de la ministra Montero, nos deslizamos hacia una profundísima crisis, superpuesta a la sanitaria, de la que será muy difícil salir.

Ojalá acierte el Gobierno con su última bala. Toda vez que la orden está dada, conjurémonos en que haya suerte. Pero no pueden pedir Sánchez y los suyos confianza ciega ni que cierren filas tras ellos después del desastre de gestión al que asistimos.

Cuando en una circunstancia tan excepcional se tienen poderes casi plenos es obligado que estos se administren con absoluta eficacia. Justo lo contrario de lo que está ocurriendo. Moncloa alude continuamente a las recomendaciones de «los expertos», sin que a estas alturas sepamos ni quiénes son ni qué estrategia siguen.

Lo único que se percibe es que Sánchez va a salto de mata, cambia continuamente de parecer y decreta medidas justificadas en explicaciones muy adornadas que a las pocas horas dejan de tener validez. Respecto al muy preocupante cierre de la actividad, hasta el sábado el presidente se negaba argumentando que sería letal para la economía, lo que impediría incluso hacer frente a la crisis sanitaria, ya que, no se olvide, el Estado necesita ingentes recursos para actuar.

Nada es gratis, tampoco la adquisición del material de protección o la masiva contratación de personal en los hospitales ahora urgentes. Y por ello se rechazaba la petición de cierre total que le hacían presidentes autonómicos como el de Murcia. Ahora se da el volantazo, pero no se explica por qué.

Haber aislado regiones concretas y no todo el país a la vez, controlando los focos de epidemia sin asfixiar la economía de España entera podía haber sido eficaz. Todo lo que hace el Gobierno parece improvisación, como si pudiéramos permitírnosla.

El estado de alarma no es un cheque en blanco para que Sánchez nos lleve al precipicio. Ante algo tan delicado, debiera haber pedido apoyo a la oposición -ni su socio Urkullu está de acuerdo- y haber atendido propuestas como la de Feijóo de estudiar un cierre empresarial ordenado.

No todo se arregla con decretos como el de ordenar un «permiso retribuido» que a ver cómo van a poder pagar tantos empresarios. Al drama se une una gestión dramática.

El Mundo