HIBRISTOFILIA POLÍTICA

Cuesta entender la propensión de este Gobierno por los personajes poco recomendables, cuando no convictos delincuentes. Y casi mejor no entenderlo porque sólo se puede explicar mediante la influyente presencia en el Consejo de Ministros de un partido antisistema.

El caso es que no hay en la política española un dirigente u organización con problemas con la ley que no goce de atención preferente en Moncloa. El socio clave de la investidura está en la cárcel, nada menos que por sublevarse contra el Estado. Al socio del socio lo acaban de inhabilitar por desobediencia y muy probablemente tenga que dejar, además de su escaño autonómico, la Presidencia de Cataluña.

El jefe del socio del socio es un prófugo de la justicia. Y el otro aliado de privilegio está también inhabilitado por el Supremo debido a su relación con ETA, amén de otros episodios biográficos más truculentos que incluyen actividades terroristas y una condena por secuestro.

A todos ellos los prima el sanchismo con deferencias, arrumacos y esfuerzos por aliviar sus penalidades judiciales. Y por si no bastase con semejantes amistades y colaboradores de tan irreprochable currículum en el ámbito que los anglosajones llaman «doméstico», o sea, nacional, el Gabinete prodiga atenciones a la vicepresidenta de una tiranía bananera a quien la Unión Europea ha prohibido la entrada por atentar contra los derechos humanos.

A la gente de esta clase se la conoce en las democracias occidentales como políticos «gamberros» (rogues), es decir, facinerosos, truhanes, de trato y presencia no adecuados por sus condiciones morales. En la vida pública española, sin embargo, han devenido elementos esenciales gracias al arcangélico empeño de la izquierda en la reinserción de los maleantes.

Mientras que respetar las normas, pagar impuestos, crear empleo o cumplir obligaciones se ha vuelto una vulgaridad despreciable cuando no castigada con más deberes, servidumbres y responsabilidades.

Esto tiene un nombre en psiquiatría: hibristofilia, inclinación por los villanos y personas inquietantes o dañinas. Lo que en atención mental se considera una desviación más o menos escabrosa se ha convertido en el elemento que guía nuestra política.

Con el agravante de que, como suele suceder en muchos casos, el sujeto del trastorno recibe el repudio del objeto de su simpatía. Un fenómeno fácil de apreciar en el desvelo de Sánchez por los separatistas, que se avergüenzan o directamente desdeñan sus demostraciones afectivas, insisten en considerarse víctimas y en el mejor de los casos le recriminan que no cumpla sus promesas con la suficiente prisa.

Consumados chantajistas, huelen la debilidad, gustan de inspirar miedo y contestan con gruñidos a las sonrisas. Ir de malotes favorece su cohesión, aunque sea ficticia, fortalece su autoestima y les proporciona la sensación de poder que da ver al enemigo de rodillas.

Ignacio Camacho ( ABC )