HIERVE OTRA VEZ EL ODIO REPUBLICANO

A rebufo de las amantes y las finanzas de un Rey decadente y caduco, hierve otra vez el rencor republicano que afila sus colmillos en la mugre socialcomunista y separatista, olvidando otra vez, porque el odio no escarmienta nunca, que la Monarquía se mueve en España con mil seiscientos años de desenvoltura hereditaria, desde Ataúlfo hasta Felipe VI.

Son los mismos hombres sin arrestos, estafadores, intrigantes y arribistas cuyas sucias ambiciones personales, cobijadas en magistraturas políticas, sustituyen a la Gloria y a la Grandeza de la Nación mientras ellos medran y el pueblo, devenido populacho, sólo reclama pan y circo.

Ellos le atiborran hasta el hartazgo y la Comunidad Nacional cede poco a poco su plaza y su fuero a la diversidad de apetitos de intereses privados. Son los mismos que en 1873 y en 1931, tras abolir la Monarquía, llevaron a la Patria al abismo de la disolución escribiendo dos epitafios sin gallardía a sus dos derrotas ante la última ratio de la Patria: el Ejército, heredero de Covadonga, que hizo brillar sus espadas al sol frente a la inmundicia republicana.

Las grandes empresas no son más que la traducción de un movimiento colectivo y subterráneo de la Historia que las impone y las hace nacer, pero descansan sobre la acción de unos pocos hombres que las encarnan y las llevan a buen puerto: Reyes, Césares, Emperadores, Caudillos… así nació la Monarquía en España hace mil seiscientos años.

Es la Monarquía, con el pueblo tras sus banderas, la que convierte a Hispania en España bajo el signo de la Cruz. Por eso la basura socialcomunista y la inmundicia separatista odian con el mismo fervor a España y a la Cruz, cuya luz ha ardido siempre, desde los Reyes Godos a los Borbones, en el mismo pábilo.

La Monarquía hace a España en la misma medida en que las dos Repúblicas que padecimos la destruyeron. Ha habido malos Reyes, es cierto. Tan cierto como que los seis presidentes de la dos Repúblicas fueron, todos ellos, nefastos, cobardes y felones.

La elección, no entre lo que Felipe VI es, sino entre lo que encarna y representa y la República de Pablo Iglesias y de Pedro Sánchez, es tan evidente como la espada de Don Pelayo.

Eduardo García Serrano ( El Corro de España )