Primero ocurrió en Madrid, luego en Valencia y ayer fue Sevilla la que amaneció pespuntada con más de 50.000 banderas de España en memoria de todos los fallecidos por aquella pandemia que Pedro Sánchez dio por derrotada a principios del pasado julio, mandando a los españoles a salir a celebrarlo.

Tres meses después, vuelven al BOE los decretos de estado de alarma, lo que por mucho que él insista en mirar hacia otro lado indica el fracaso sin matices de su gestión sobre todo por esa inconcebible inacción, ese lavarse las manos con el que regresó de las vacaciones en La Mareta y Las Marismillas, decidido a no hacer nada respecto al Covid-19 salvo politiquerías subterráneas para minar el principal centro de poder que le queda al centro-derecha.

Llegan esas banderas sevillanas en la víspera de la Fiesta Nacional, que por primera vez desde la Transición no será celebrada por una parte del Gobierno, la que acaudilla el vicepresidente segundo que siempre ha renegado de la efeméride con esa tontusa obcecación de la extrema izquierda por asociar la nación, y por tanto la bandera que simboliza su unidad, a una cosa facha y casposa.

Desgraciadamente, en vez de ir metiendo al socio del moño en el rail de la sensatez parece, muy al contrario, que es Sánchez el que se acoge a ese desapego al espíritu del 78 y a la Monarquía parlamentaria, contra la que Podemos ha puesto su proa (más bien birriosa, cierto es, pero reacerada tras estar en el Gobierno) contra la Corona.

Bien mirado, a Sánchez no le queda otra pues todos los socios que ha elegido como costaleros para llevarle a La Moncloa son odiadores profesionales y probados de la unidad de España. Si se enfada semejante cuadrilla, Sánchez está en su casa al día siguiente. Por eso los cuida, porque en ese mimo que les dispensa reside simple y llanamente su permanencia en el poder.

Las banderas pinchadas ayer en ese parque sevillano convertido en un acerico doliente son un homenaje a los fallecidos en la última tragedia nacional pero también el recordatorio de que España solo es viable mientras permanezca bajo el bendito amparo de su Constitución, con el Rey al frente de este proyecto común y como símbolo de esa unión de voluntades que conforman «la patria común e indivisible de todos los españoles».

Son esas seis letras, con su eñe precisamente como seña distintiva de identidad y por tanto de pertenencia, las que nos indican que, en las buenas y en las malas, somos de aquí.

Ni mejores ni peores que otros (o igual sí, miren la portada) pero, en definitiva, hijos de España.

Álvaro Martínez ( ABC )