UN HIMNO SIN LETRA

España es una nación muy antigua con ciertas peculiaridades difíciles de entender para los extraños. Una de ellas es que alberga en su seno tendencias secesionistas  por parte de algunos de los territorios que la conforman. Lo cual se traduce en ataques permanentes contra su unidad por parte de los que quieren separarse de ella. Es como si para algunos políticos fuese su única misión: minar la unidad de España para hacer más fácil la tarea independentista.

Las acometidas por parte de los movimientos nacionalistas periféricos son permanentes y atentan contra todo aquello que visualice la proclamación constitucional de su indisoluble unidad, desde la lengua hasta la bandera, pasando por la forma de Estado y el himno.

Seguramente por razones históricas, incluso los que admiten la realidad de la moderna Nación española constitucional no acaban de mostrar la necesaria firmeza en defensa de nuestros símbolos nacionales. Y es que, aunque de esto no se habla mucho, en España no llega a asumirse del todo que nuestra Constitución haya optado por la Monarquía y sus símbolos tradicionales, como la bandera “Rojigualda” y La Marcha Real, en lugar de por los de la Segunda república. Lo cual ha servido para propagar, desde la izquierda radical, el mensaje de que esa simbología es fascista y para explicar que hasta hace bien poco solo la derecha más extrema asumiese ardorosamente esos símbolos como propios.

Lo que antecede explica que la izquierda democrática y constitucional se ponga de perfil ante nuestros símbolos constitucionales sin hacerlos objeto de entusiasmo y que la izquierda radical enarbole directamente la bandera tricolor y que entone el himno de Riego, como si no existiera la Constitución.

Como consecuencia de lo que antecede, la mayoría de los españoles han tenido que soportar, por parte de los secesionistas, desde pitadas al Rey, al himno nacional, y hasta numerosos actos de quema de nuestra bandera. Y por parte de muchos de los  que se proclaman inequívocamente constitucionalistas, una actitud poco decidida –al parecer eso es incompatible con su auto proclamada intelectualidad- en defensa de los símbolos constitucionales, cuando no hasta de vergonzante tolerancia ante tales despropósitos.

Debido al complejo panorama que antecede es posible que la mayoría silenciosa haya tenido la sensación de que la clase política, por acción u omisión, venía erosionando poco a poco los valores identificativos de la Nación española.

Por eso, la reciente declaración unilateral de independencia por parte del Govern de Cataluña acabó por despertar en la mayor parte de la ciudadanía el orgullo de sentirse español, haciendo no solo que lo reforzase íntimamente, sino hasta que llegara a envanecerse de exhibirlo públicamente.

Es muy probable que todo lo que anterior explique la feliz idea de Marta Sánchez de escribir una letra para el himno español para poder cantarlo, así como la entusiasta reacción del público asistente que no dejó de aplaudir con ardor la valiente iniciativa de la cantante.

Da la impresión de que es una necesidad largamente sentida que nuestro himno tenga letra. Así lo explican los numerosos intentos, oficiales u oficiosos, a lo largo de los años de dotarlo de esa supuesta carencia. Pero por muy acertadas que sean las iniciativas particulares al respecto, como la de Marta Sánchez, no pasan de eso. Y en ese contexto han de entenderse las reacciones de nuestra clase política: hubo quienes saludaron con efusividad el acto privado de Marta Sánchez de escribir una letra para el himno y cantarlo (no pasa de ahí) y hasta los hay que se pusieron tan nerviosos que se lo tomaron como si se tratase de un intento oficial de dotar de letra al himno para siempre.

Cualquiera que sea el deseo de cada uno, lo cierto es que una más de las peculiaridades de España es que su himno nacional no tiene letra: nació sin ella y todo parece indicar que seguirá así por mucho tiempo. Pero esto no impide que cuando un pueblo se siente acosado en sus símbolos nacionales las iniciativas tan entusiastas de escribir una letra, incluyente y que no excluye a nadie, sean tan bien celebradas.

José Manuel Otero Lastres ( ABC )