HISTORIA DE UNA HUMILLACIÓN

La historia de Esquerra es la del hermano pequeño mitad rabioso, mitad acomplejado, mitad incendiario, mitad deseoso de adquirir el rol de liderazgo del primogénito. Ha tenido sus momentos, sus oportunidades. Ha tenido su suerte en el reparto de las cartas. Pero al final siempre se ha equivocado, y cuando no se ha equivocado, las pocas veces que no se ha equivocado, ahí ha estado Convergència para timarla, para burlarse de ella y para hundirla en la miseria.

Tras la recuperación de la democracia, las primeras elecciones autonómicas las ganó, sorprendiendo a propios y extraños, Jordi Pujol. CiU obtuvo 43 diputados y ERC, 14. Pujol pactó con el líder republicano, Heribert Barrera, y le ofreció la presidencia del Parlament. En las siguientes elecciones, en 1984, Pujol barrió a Barrera (72 a 9) y el líder republicano dejó la política.

A partir de aquel momento, Pujol se dedicó a chulear a Esquerra: de un lado les ayudaba a financiarse —siempre con migajas— y del otro fomentaba la promoción de los líderes más grotescos y bajo los conceptos más dinamiteros. A Pujol le convenía una ERC tan radical como inofensiva, tan llamativa como minoritaria. Fue el tiempo de Joan Hortalà, de Àngel Colom y de Pilar Rahola. Hortalà, que luego ha llegado a presidir la Bolsa de Barcelona, era en aquellos años un grotesco botarate que organizaba butifarradas contra España y que no pasaba de la pura expresión bovina.

A principios de los 90, Pujol se llevó el mérito de haber acabado con Terra Lliure, cuando quien en realidad llevó a cabo las negociaciones con el entonces secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera, fue el sucesor de Hortalà al frente de ERC, Àngel Colom.

El acuerdo final lo firmaron ambos en 1991, en un reservado de Via Veneto. Pujol se anotó el tanto y Colom tuvo que asumir en su partido a los miembros de la banda que habían quedado sin oficio ni beneficio. Otra vez Esquerra, el camión de la basura de Convergència. Pujol continuaba coleccionando mayorías absolutas y Esquerra, migajas.

Las humillaciones en el Parlament eran constantes, el desprecio era absoluto. Pujol controlaba el dinero de los republicanos y envenenaba la relación entre sus dirigentes. Esquerra iba de escisión en escisión, acomulando derrotas y resentimiento.

En 2003, el tripartito finalmente sumó y Esquerra hizo realidad su sueño húmedo de mandar a su hermano mayor a la oposición. Por fin tenían los republicanos la posibilidad de demostrar que eran capaces de gobernar. Por fin tenía su entonces presidente, Carod-Rovira, la oportunidad de demostrarle a Pujol que era un líder, y fue una oportunidad que duró 20 días, hasta que ABC reveló, en la exclusiva más sonada desde la restauración democrática, que el entonces vicepresidente de la Generalitat había ido a Perpiñán a negociar una tregua de ETA en Cataluña. Carod fue expulsado del gobierno y el tripartito hizo aguas por todas partes.

La negociación de un nuevo Estatut, que se llevó a cabo en aquella legislatura, acabó en un pacto entre Mas y Zapatero, cuando la idea de hacer un nuevo Estatut había sido de una Esquerra que acabó votando en contra del acuerdo y consiguientemente expulsada —como su líder dos años antes— del gobierno.

Los tripartitos dejaron a ERC bajo mínimos, y con la sensación entre los catalanes de que no era apta para gobernar. Llegó Junqueras, hizo un gran resultado (pasó de 10 a 21 diputados) pero cuando en 2015 pudo gobernar, cedió a la presión, aceptó la candidatura unitaria con que Artur Mas le sometió para que Convergència no perdiera la Presidencia de la Generalitat —muy probablemente Junqueras en solitario habría ganado aquellas elecciones— y a merced de la CUP fue finalmente Puigdemont quien fue investido.

Pero de entre todas, sin duda la más cruel burla, la estafa más sangrante, fue la que Puigdemont ejecutó contra Esquerra, fugándose sin avisar y empujando a la cárcel a la parte de su gobierno que le obedeció y acudió el lunes siguiente a la declaración de independencia a trabajar.

No contento con ello, se presentó a las elecciones autonómicas del 155 prometiendo que si ganaba regresaría a España, sabiendo que evidentemente no lo haría. Primero mandó a prisión a su socio y luego le derrotó mintiendo y presentándolo como un cobarde y un estúpido que se había dejado apresar por «los españoles».

De la victoria, más propagandística que real, que Junqueras ha obtenido en la justicia europea, quien va a aprovecharse va a ser Convergència: concretamente Puigdemont, pero también el partido, aunque sólo sea porque podrá colocar a algunos de sus cargos.

La torpeza —y la cobardía— con que finalmente a cambio de nada tangible, de ningún poder concreto, Esquerra votará la investidura de Sánchez, será la tumba en la que reposará para siempre Junqueras, salga o no salga de la cárcel, cuando en enero o febrero Torra convoque elecciones y Puigdemont vuelva a derrotarlo, acusándolo de «vendido» y de «traidor» y como siempre Esquerra no sepa qué hacer, se hunda en su complejo y se esconda debajo de la mesa suplicando «por favor, señor, no me haga daño».

Salvador Sostres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor