EL CHARLATÁN HAWKING

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EL CHARLATÁN HAWKING

La profunda estupidez de nuestra era se concreta en las estupefacciones por la muerte del charlatán Hawking. Si en su materia hizo algún descubrimiento, le felicito aunque sea póstumamente.

Pero sobre todo sus apariciones públicas las basó en majaderías tan poco científicas como los agujeros negros o negar a Dios. Sólo le faltaba leernos el horóscopo. Yo soy Géminis, Stephen, ¿cómo iré de amores mañana?

Esta genuflexión de la muchedumbre ante la muerte de semejante vendedor de pócimas milagreras prueba la decadencia moral, espiritual y estética de nuestra era. Hawking, socialista confeso, tal vez fuera un buen físico y no es mi ánimo discutir los méritos que tuviera en su terreno, pero su palabrería atea, su pantomima del agujero negro, y su tremendismo ecologista demostraban su vulgaridad intelectual, su alma seca (su único y verdadero agujero negro) y que los hombres que por tal de no creer en Dios, creen y nos quieren hacer creer en cualquier cosa, acaban convertidos en unos deplorables patanes, por muy válidos que sean en su especialidad elegida.

Hawking no explicó el universo, ni su origen ni su destino. Su fanatismo medioambientalista le delataba como demagogo y populista, y su catastrofismo fue tan ridículo como todos los fines del mundo que nos llevan anunciando desde hace décadas, siendo evidente que en algo significativo les falló el cálculo, porque la verdad es que continuamos viviendo estupendamente.

Esta pedantería de supermercado, tan nuestra, esta postración ante el predicador hortera mientras siguen tan vacías las iglesias, y la costumbre de oveja de preferir dirigirse hacia donde todo el mundo va en lugar de buscar la verdad salvífica, conducen de un modo inevitable a la adoración de falsos ídolos como Hawking, agigantado por nuestra agigantada ignorancia y nuestra desoladora falta de tensión espiritual.

A su aberrante exaltación sin duda ha contribuido, y de forma decisiva, su condición física, por este incomprensible furor que causa la enfermedad, sobre todo la que deja marcas visibles, como si fueran una fuente de prestigio y legitimidad.

Murió un socialista, murió un charlatán -valga el pleonasmo- murió otro héroe de los resentidos y como todos ellos murió sin haber entendido nada de lo sustancial, e impermeable como una oca a la Gracia. Claro que las ocas, por lo menos, nos dan foie; y este Hawking por no estar, no estaba ni bautizado.

Salvador Sostres ( ABC )