HORIZONTES DE GANGRENA

Hay un Gobierno español, aplastado por la responsabilidad moral de cuarenta mil muertos (ni siquiera se nos permite saber la cifra exacta), en buena parte debidos a su pasmosa incompetencia. Hay una administración golpista en Cataluña, a la cual, tras el fracaso de su golpe de Estado, se ha otorgado el privilegio de administrar la cárcel -o no cárcel- de sus camaradas condenados por el Supremo.

En el País Vasco, un Estado paralelo, el PNV, vende, con habilidad largamente afilada en décadas de regateo, sus favores a un Gobierno español al cual perdona la vida a cambio de privilegios fiscales que el resto de la nación paga.

En Andalucía, una irregularidad imprevista rompió los cuarenta años, no ya de corrupción, sencillamente de saqueo: y es recompensada con el lógico bombardeo inmisericorde desde La Moncloa. Madrid -ayuntamiento como comunidad- vive sometida a un estrangulamiento que busca propiciar el retorno de la devastadora banda de Carmena…

Sí, las elecciones autonómicas de ayer, en el País Vasco y en Galicia, cobraban su crucial significado en el panorama amplio de una descomposición nacional. Descomposición política, económica, moral sobre todo.

No se esperaban sorpresas. No las hubo. En las vascongadas, el PNV impera apoyado en Bildu. Es merito suyo haber ido configurando una identificación Partido-Estado que hubiera levantado la envidia de los teóricos totalitarios. Y es culpa de los sucesivos gobiernos españoles haber hallado cómodo comprarse al contado al PNV.

Ni siquiera precisan, los de Ajuria Enea, lanzarse ahora a la aventura de un golpe de Estado a la catalana: sin necesidad de heroísmos gestuales, lo tienen ya todo. Por si acaso, y como cautela básica, arrancarán las competencias de prisiones que han permitido a Torra reírse de la sentencia del Supremo. Y seguirán chantajeando a todos cuantos precisen de su voto.

En Galicia, Feijóo asienta un dominio para cuya estabilidad no hay demasiados precedentes. ¿Intentará, desde ahí, el salto a Madrid? No es verosímil. El hombre del Partido Popular gallego parece demasiado inteligente para no percibir el riesgo que entrañaría una tal pirueta en el vacío. Desde la continuidad gallega, sus bazas para mover la escena política española son mucho más sólidas que cualquier aventura fuera de su territorio.

Al cabo, los triunfos de Feijóo en la comunidad gallega y del PNV en la vasca congelan el mapa de la gangrenada política española. La nación está hecha trizas: mutada en una sopa de letras autonómica sin visos de poder ser armonizada.

Cada comunidad exhibe intereses antagónicos a los de las demás y, sobre todo, a los de la nación. Y el Gobierno central es, en Madrid, dos gobiernos. De los cuales, el ayer triturado por las urnas, Podemos, oscila entre la delincuencia y el caudillismo caribeño: y pasa a ser un peso muerto para Sánchez.

Es el triste espectáculo de un país sobre cuyos dirigentes pesa la responsabilidad moral de cuarenta mil muertos. Hasta su cifra exacta nos ocultan.

Gabriel Albiac ( ABC )