HUELGA DE CEREBROS

Al mascullar Torra sus residuos verbales durante la incineración televisada de Cataluña, recordé el poema de Caballero Bonald sobre la vieja madama del burdel de su barrio: «Qué hermosura / saber que nunca hizo absolutamente nada / para evitar su propio descalabro». La pusilánime sentencia del Supremo, típica cantada de portero que sale encogido a los balones por alto, ha sido devorada por el ácido que los alucinados del frente astroso independentista han vertido sobre su propia cuna.

Los muchachos que tiran piedras mientras ven dragones tras las quemas que hacen en las palmas de sus manos, que son tan efusivas como las de los contenedores, esos que según los magistrados han sido engañados por los titiriteros del 1-O en su sainete secesionista, es decir, los pánfilos que están quemando coches para reivindicar una quimera, son, según el presidente del yacimiento arqueológico de Cataluña, infiltrados del Estado opresor.

Topos de España escenificando algaradas en Barcelona para justificar las medidas tiránicas de Madrid contra la libertad del pueblo catalán. Lo de Torra se llama concretamente «síndrome de Capgras» y se trata con pastillas. El afectado ve impostores por todas partes y trata de convencer a los suyos de que las personas que están a su alrededor no son quienes dicen ser, sino enemigos encubiertos, conspiradores cercanos. Unos judas.

Los jueces son hostiles, la policía es refractaria y los que queman las calles son infiltrados que nos hacen quedar mal. Torra se agarra en su delirio conspiranoico a la «teoría del mundo cruel» de Gerbner: la televisión estatal nos hace creer, con episodios puntuales de violencia, que Cataluña es más peligrosa de lo que realmente es. Pero lo único cierto que queda de su paranoia es que la realidad sólo exhibe sus verdaderos enigmas cuando ha sido deformada.

Torra, como marioneta del forajido, es el último icono fuera de la cárcel de la distorsión independentista, un perturbado que ha prostituido a su pueblo como la ramera del poema vendía su dignidad.

El presidente supremacista de la Generalitat que dijo que los españoles somos «hienas con una tara en el ADN» y que se ha reunido en Ginebra con el caganer Puigdemont para organizar napoleónicamente el futuro de las masas, ese desquiciado que ha participado en cortes de carreteras siendo el encargado de evitarlos, el que soflamó a sus hordas con el imperativo «¡apretad!» y ha prometido otro referéndum de mentirijilla, es la inspiración de todas las lumias que nunca hicieron nada para evitar su propio descalabro.

Es el único que todavía no sabe que ha guiado a la tierra que tanto dice adorar al desastre. Que la huelga de ayer fue de cerebros. Él, el fugado y los golpistas que están encarcelados por violentar el Estado de Derecho colean, como rabos cercenados de lagartos, intentando convencer a la marabunta de su alucinación. Y lo único que les queda ya es la corrupción del lenguaje.

Del castellano, claro, porque su desesperación necesita gran difusión. Por eso ahora hablan de amnistía y no de indulto, porque el indulto implica el reconocimiento del delito para que se aplique la gracia mientras que la amnistía supone la extinción de la responsabilidad de los autores.

Basura semántica para enmierdar aún más un escenario desgraciadamente atestado de impasibles a este lado y con dos tipos de pedradas: las de los vándalos independentistas y las que tienen su raíz léxica en Pedro el quieto.

Lo único que nos salva en este contexto es la majadería de los líderes de la insurrección. No es el Estado el que está derrotando a los separatistas. Se están derrotando ellos mismos. Y ahí es donde habita la hermosura de este descalabro tan poético, en otro de los versos cimeros de Caballero Bonald: «El asesino que buscas eres tú».

Alberto García Reyes ( ABC )