DEGENERANDO

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DEGENERANDO

He llorado en silencio la muerte del niño almeriense Gabriel  Cruz Ramírez mientras leía  cómo una legión de indeseables se manifestaba  en favor de la presunta asesina diciendo que, como es mujer y es negra, no se van a respetar sus derechos.

Por eso no hablaré de ella sino de ellos: de esa patulea de indecentes e “indecentas” que parecen estar de guardia con el  Ipad o el teléfono en la mano para ensuciar cualquier gesto de solidaridad y respeto por el dolor de quienes han sufrido esa muerte,  porque prefieren  ignorar a sus padres para reivindicar con argumentos mezquinos a quien les ha causado tanto dolor.

Con frecuencia me pregunto de dónde han salido  estos personajes que nos encontramos en las calles,   en las redes sociales, los platós de algunas televisiones o en las listas electorales de los partidos políticos, profiriendo maldades, ensuciando la memoria de las víctimas y asociándose solidariamente  con sus verdugos  y, después de mucho pensarlo he llegado a la conclusión de que  sólo pueden ser unos muertos resucitados que han aparecido entre nosotros después de vagar durante años por distintas fases, penando inútilmente sus pecados de antaño.

Con esta metáfora no pretendo frivolizar algo tan trágicamente triste como la muerte del Gabriel, porque vivimos en un país en el que los espiritistas, brujos, santeros o babalaos, no tienen nada que ver con los males que nos aquejan, pero no se me ocurre otra imagen más descriptiva para explicar la naturaleza vampírica de los zombis españoles que están prestos a  ensuciar todo lo bueno y decente que aun conservamos en este país aquejado de una epidemia de estupidez.

Ignoro qué es lo que nos pasa y por eso he utilizado la metáfora de los muertos vivientes, que se reproducen mordiéndose unos a otros jaleados por sus profetas. Solo hay que observar algunos comportamientos como el que aparece en la fotografía que acompaña a este articulo  para pensar que algo grave está sucediendo en esta sociedad.

Nunca he creído en los profetas. A lo largo de mi vida solo me ha convencido la gente que traía a cuestas años de sensatez y arrobas de honestidad, que son dos productos que escasean en el mercado de nuestros días.

La única explicación que se me ocurre para despejar dudas sobre el origen de nuestros males como sociedad, que algún día fue civilizada, es que vamos degenerando, que es la respuesta que un sabio torero llamado Don Juan Belmonte , admirado entre otros por Valle Inclán, Gerardo Diego, Ernesto Hemingway y Manuel Chavez Nogales, le dio a un amigo que le preguntó cómo un banderillero de su cuadrilla había podido llegar a gobernador civil de Huelva.

“¡Cómo va a ser!  Degenerando, degenerando?

Diego Armario