¿ Donde está la buena gente ?

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¿ Donde está la buena gente ?

Son muy aburridos. Solo tienen esa cara con la que nos miran. No son poliédricos. Se repiten hasta la náusea. Jamás  sorprenden. Son totalmente previsibles.  No pasarían el corte de un casting medianamente exigente, ni lograrían un pase en una prueba de calidad nivel dos. Son los peores monologuistas del club de la comedia y su percentil es  más bajo que el de cualquiera que dirija una empresa de cincuenta empleados.

Si tuvieran que indemnizarnos por fraude, daños y perjuicios, no alcanzarían jamás a pagar su deuda, y si el castigo por su contumacia en cometer errores fuese  que regresarán  a la escuela para reeducarse, desesperarían a sus profesores.

Aunque me cuesta hacerlo, podría llegar a asumir que  hacer esta crítica ha empezado a convertirse en el deporte nacional, y que ellos no son peores que nosotros sino un reflejo del lamentable momento histórico que vivimos desde hace más de una década. Tal vez sea cierto  que los mejores no se comprometen y los peores buscan un hueco en la política porque han confundido vocación de servicio con oportunidad para colocarse en un sistema que favorece y protege a quienes entran en ese club.

Algunas cabezas pensantes dicen que esta enfermedad colectiva viene de lejos y que vivimos bajo el encantamiento de una posible regeneración  política,  cuando en el fondo las nuevas manifestaciones de ese supuesto cambio son el síntoma de los estertores de ese fracaso.

Reconozco que cada vez más evito abordar estos asuntos porque me producen melancolía y hacen que me sienta viejo al recordar otros tiempos en los que la gente no sé si era distinta pero, al menos, lo parecía.

Ayer pillé a medias unas película en televisión y me quedé enganchado en sus diálogos, porque la trama junta permanentemente a individuos de dos generaciones que reflexionan sobre el fracaso.

Los personajes mayores que viven con amargura su propio declive les aconsejan a los de las generaciones más jóvenes, con los que interactúan,  que huyan del síndrome de Peter Pan,  que vuelvan al mundo de los adultos, que no sean blandengues y que se pongan una armadura en el corazón, mientras que los jóvenes prefieren lanzar arena contra el viento y odiar las cosas de las que no son responsables porque las hicieron otras generaciones.

En definitiva, nada nuevo bajo el sol y también nada que nos invite a imaginar un mundo mejor, por eso a veces me curo de mis tristezas imaginando otras realidades porque como dijo alguien  ” El propósito de la ficción es combatir la soledad .

Diego Armario

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