EL LLANTO POR GABRIEL

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EL LLANTO DE GABRIEL

NO resulta fácil entender lo que ha pasado. ¿Por qué España entera, de norte a sur, ha llorado precisamente por Gabriel como nunca lloró por otros niños también asesinados? Mari Luz, Marta, Asunta, Ruth, José… El espanto ha tenido muchos nombres de niños y niñas arrebatados a la vida, incluso a manos de su propio padre o su propia madre. Pero nunca se lloró en todas las casas -padres, madres, hijos, hijas, abuelos y abuelas- como se ha llorado por el pequeño Gabriel. En los supermercados y en las cafeterías, en las cocinas y en las peluquerías. En los despachos y en las calles. Hasta los curtidos guardias civiles han derramado lágrimas por el asesinato del niño almeriense que sólo vivió ocho años, antes de cruzarse con Ana Julia, la mujer con la que su padre quiso encontrar una nueva vida y lo que halló fue la muerte.

Se pueden improvisar muchas razones para llegar a entender la intensidad del temblor nacional. La sonrisa pícara con la que conocimos a Gabriel en foto. Una sonrisa que desarma y hace inasumible la idea de que alguien quisiera matarla. La inmensa dignidad, equilibrio emocional y paz interior de su madre, Patricia, una mujer que parece hecha de otra pasta. La pasta de la bondad infinita. La tragedia descomunal que le espera de por vida a Ángel, el hombre que metió en casa a la asesina de su hijo. El cariño de esa pareja rota que, por cómo se miran y se abrazan, nadie diría que estén separados. La personalidad psicopática de la madrastra celosa y asesina confesa, cuya intimidad nos ha sido desvelada por los medios hasta en sus más mínimos detalles.

Merced a la hipercomunicación, hemos replicado y amplificado hasta el infinito -mañana, tarde y noche- el drama de esta familia. Televisiones, radios, diarios y redes, volcados en una conversación omnipresente e interminable sobre los detalles del asesinato del pequeño. El duelo por Gabriel ha roto las audiencias. Por más vergüenza que produzca el trinomio dolor-share-clicks, no cabe engañarse.

Los periodistas hemos exprimido la tragedia hasta sacarle las últimas gotas. Es verdad que algunos con mucho más morbo que otros. Nadie podía escapar por ningún lado de las noticias sobre el asesinato de Gabriel. Salían al paso cada minuto. Ser periodista en esta época es difícil. Rara vez puedes sentir orgullo de la profesión. Patricia, la madre de Gabriel, nos ha pedido ética. Casi nada.

No sé. Igual deberíamos de hacerle caso. Ahora que -una vez que se han ido las cámaras-, ella se levanta todos los días y la habitación de Gabriel está vacía.

Lucía Méndez ( El Mundo )