Los dioses no regalan nada

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Los dioses no regalan nada

Andrés Aberasturi siempre ha tenido una mirada limpia, una voz grave y una sonrisa cómplice.

La vida le ha tratado con la dureza con la que los dioses distinguen a sus elegidos, porque no es cierto que la divinidad sea justa, ni regale nada, sin cobrarse un precio a cambio.

Hace treinta y seis años nació su primer hijo – una de las ciento veinte mil personas que tienen parálisis cerebral en España- y durante este tiempo siempre ha dado la cara y casi el alma por concienciar a la gente sobre esta enfermedad.

Pasado mañana presenta su libro “¿Cómo explicarle el mundo a Cris?” en el que relata lo que han sido estos decenios de impotencia y de lucha sin esperanza, pero también sin bajar los brazos.

Yo aún no le leído el libro – lo haré a partir del próximo miércoles que es cuando lo presenta – pero he recogido en la prensa algunas de las cosas que ha dicho, y que suenan como puñetazos en el estómago de nuestra conciencia cuando alguien nos saca de nuestro espacio de confort.

Andrés le dice a su hijo, aunque sabe que no le entiende ni sabrá responderle, “renuncio y maldigo a cualquier experiencia positiva nacida de tu sufrimiento”, y luego para su propio consuelo, proclama “las manos de mi hijo no empuñarán banderas ni fusiles, ni moldearán el barro, ni escribirán sonetos. Pero las manos de mi hijo nunca harán daño”.

Da lo mismo que Andrés hable o escriba porque lo que sale de su voz o dibuja su mano, siempre es poesía, y un poema que no rezume algo de rabia, añoranza o tristeza no lo es, y si lo que tiene que escribir es que su hijo “no conoció otra cosa que putadas, cada vez que alguien se le acercaba era para inyectarle, para abrirle la boca, para hacerle daño…”., uno puede acabar sintiéndose en deuda con quienes sufren esa mala vida.

A Andrés Aberasturi , al que conozco desde que estudiamos juntos en la Escuela de Periodismo y con el que he trabajado durante años en la Radio , jamás le he visto llorar, ni maldecir, ni quejarse, ni echar de menos nada.

Él siempre se ha sabido singular, y los demás… también.

Su media sonrisa, su mirada limpia, su voz envidiable y su inteligencia tolerante con los que no saben lo mismo que él, han sido siempre sus señas de identidad.  Por eso lo que realmente ha añorado durante estos años es que su hijo Cris, cuando ya tenía la edad para hacerlo, “llegara a las cuatro de madrugada hasta arriba, como los otros, con una copa de más”.

Diego Armario

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