MÁS POBRE QUE YO, DIFÍCIL

mendigox

MÁS POBRE QUE YO, DIFÍCIL

Qué triste historia la mía.
Perdonen si se la escribo.
Yo era pobre, pobre, pobre,
pobre, pobre, cuando niño.
Era, créanme, paupérrimo,
humilde, escaso, pobrísimo,
menesteroso, indigente,
menguado, carente y mísero.

Para los catorce hermanos,
madre hacía un huevo frito
y nos dejaba mirarlo
durante unos segunditos,
guardando turno de edad
(yo era, les aclaro, el quinto).
Después de haberlo mirado,
quietos, mansos y sumisos,
entraba en la casa padre,
de su trabajo rendido
(de cuarenta horas diarias,
sin descansos ni festivos),
y tras sentarse a la mesa,
en dos rápidos mordiscos,
el huevo que antes mirábamos
ya estaba en sus intestinos.
“El día en que seáis padres”,
decía con tono estricto,
“podréis comeros un huevo;
hala, bebed del botijo”.

Y los catorce empinábamos,
por turno de edad, el pipo,
y dejábamos caer
en el gaznate el chorrito.

Después, madre nos decía:
“Venga, a la cama prontito,
que mañana madrugáis
para ir al colegio, chicos”.

Y entonces nos acostábamos
en un colchón colectivo
cuyo relleno crujiente
eran hojas de panizo.
Como estábamos tan juntos,
nunca teníamos frío:
esa era la gran ventaja
de aquel pobre domicilio.

Ya acostados, mis hermanos,
y justo antes de dormirnos,
me pedían: “Por favor,
Josepho, haznos unos ripios”.

Y yo, que ya era poeta,
a mis hermanos queridos
les repentizaba coplas
de queso, de bocadillos,
de arroz, de pollos asados
y de alubias con chorizo.

Un día, padre me oyó
recitar esos versillos
y me dijo, de repente,
con tono extraño y equívoco:
“Josepho, te voy a dar
una galleta, hijo mío”.

Yo me cubrí con las manos
el rostro, sobrecogido,
pensando: “Dios, qué habré hecho
para merecer castigo”
.
Pero mi padre sacó
lentamente del bolsillo
una galleta maría.
Yo ignoraba, pobre crío,
la curiosa polisemia
de galleta, el sustantivo.
Y me quedé allí mirándola,
tan redonda, conmovido.
La repartí, por supuesto
con mis catorce hermanitos.
Fue la noche más feliz
que pude vivir de niño.

Hoy, aquí desde el convento,
en mi celda recogido,
recuerdo aquellos momentos
y me emociono, ya digo.
Recuerdos de clase obrera,
sin duda alguna tan vívidos
como los de Antonio Maestre.
Y como ellos, tan verídicos.

Fray Josepho

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