MI MUERTE Y YO

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MI MUERTE Y YO

El niño se hace hombre cuando aprende a hablar con su muerte. No se puede amar la vida sin llevarte bien con la muerte, con tu propia muerte. Yo al principio le tenía mucho, demasiado miedo. Pero en mis largos paseos de madrugada he aprendido a hablar con ella, a asumirla tal como es y tal como llega, lo mismo que la vida me asume a mí con todas mis rarezas.

Tener una buena relación con mi muerte me ha ayudado a ser más libre, a no estar tan asustado, a que los esfuerzos me cuesten menos y el placer me dure más. Me ha permitido también ser más consciente de la importancia de cada instante y profundizar en el sentido de la eternidad.

Mi muerte y yo nos reímos de los que todavía no han entendido que la tranquilidad no es quedarse quieto sino luchar por lo que merece la pena, defender a tus amigos como a la princesa de los bárbaros y saber encontrar la paz en el ojo del huracán. La tranquilidad no es estar tranquilo, sino pelearlo todo, perderlo todo, y decir entonces, muy despacio, un Padrenuestro.

Habla con tu muerte. Búscala entre los pliegues de tu miedo. Es tu más fiel compañera y no podrás entenderte hasta que la entiendas. Será quien te lleve, pero no podrías vivir sin ella.

De mi muerte he aprendido lo mucho que amo la vida y lo que querría estar seguro de dejarle a mi hija cuando mi momento llegue. Desde la montaña del Tibidabo, cuando asoma el sol naranja del alba, es posible ver la mano lenta de Dios meciendo la ciudad y escucharle susurrar el arrullo del insomne. Ayer lo vimos juntos, mi muerte y yo, tras un largo paseo, y le pregunté si existe ya un plan para mí o está todavía por escribir. Ella me sonrió, me acarició la cabeza y me dijo: “Deja de preocuparte por lo que no puedes controlar. Ámame como yo te amo y serás inmortal”.

Salvador Sostres ( ABC )

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