El sentido común, herido de muerte

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El sentido común, herido de muerte

Podemos definir el sentido común como “los conocimientos y las creencias compartidos por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos y válidos. Se trata de la capacidad natural de juzgar los acontecimientos y eventos de forma razonable”. Voltaire señalaba que “decirle a alguien que no tiene sentido común es ofenderlo, pues sería igual a decirle que es un estúpido”, y con él estoy.

La vida cotidiana está llena de situaciones en las que debemos usar el sentido común, por ejemplo: sabemos que tenemos que abrigarnos si hace frío, que debemos ser puntuales a la hora de ir al colegio o al trabajo, que no tenemos que ir por lugares oscuros o peligrosos, que no podemos gastar más de lo que ingresamos, que no hay que conducir si se ha bebido alcohol, que no hay que arrimarse al fuego, o que si nos ponemos enfermos hay que ir al médico. Son situaciones obvias, que sin estudiar o sin que nos las tengan que explicar hacemos por intuición, por nuestro bien y el de los demás. Porque es este sentido el que nos protege de caer en errores y conflictos.

Pero últimamente tengo la sensación de que a pesar de que todos nacemos con el sentido común bien desarrollado, según va pasando el tiempo, e influyendo sobre nosotros la sociedad, lo vamos perdiendo paulatinamente, hasta que termina triunfando lo más absurdo y lo menos lógico, como matarse por una ideología política o por ser de un equipo de fútbol diferente. Entonces es cuando este sentido pierde a su compañero “común” para sucederle “extraordinario” o “inusual”. Según los expertos, esto está sucediendo porque en el mundo moderno los valores y la visión de la realidad son cada vez más débiles.

Nos damos cuenta de que el sentido común está herido de muerte cuando se han empezado a aplicar medidas a priori beneficiosas para convertirse en absurdas, como niños que tienen que cambiar de centro escolar por denunciar situaciones de acoso o profesores que son recriminados por reconducir conductas indisciplinadas de algunos alumnos. Pero la puñalada más grave y a la más vez ridícula hacia el sentido común es la obligación de los profesores de llamar a los padres para dar un paracetamol cuando a su hijo le duele la cabeza o está resfriado y no cuando, por ejemplo, una alumna quiere abortar. O cuando una familia se va a unas merecidas vacaciones y a otra se le ocurre dar una patada en la puerta y ocupar su vivienda con el resultado de que los nuevos ocupantes tienen derecho a quedarse y destrozar la casa hasta nueva orden. El sentido común ha empezado a agonizar cuando alguien ataca a un ladrón en legítima defensa y este le puede demandar por agresión, o cuando las víctimas no son supuestas ni pixeladas y los delincuentes sí.

El sentido común ha perdido todo el sentido, cuando un niño se ha tenido que quitar la vida porque no soportaba ir al colegio y que nadie le protegiera de sus acosadores, o cuando muchos chicos y chicas de mi edad beben alcohol en los botellones hasta perder el conocimiento, cuando no la vida como esta semana.

Los jóvenes cada vez estamos más influenciados por una serie de valores superficiales y materialistas, y el que no los tiene es rechazado por los grupos que los usan. La falta de profundidad en el pensamiento y de responsabilidad provoca que este sentido se vaya extinguiendo y deje paso a ‘Solo tengo derechos’, ‘La culpa es de otro’, y ‘Soy una víctima del sistema’. ¿Preocupante?

Álvaro Cabo ( La Razón )

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