SEXO Y MÓVIL

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SEXO Y MÓVIL

Llevo seis días sometida al traqueteo de La Manada y mi cabeza parece una centrifugadora. Expuse mi versión -con reparos- el pasado domingo, y lo hice teniendo en cuenta los efectos viciadores del alcohol, pues en todos los comentarios que escuchaba o leía, el alcohol era una simple circunstancia añadida, como el decorado o la música.

La cultura sanferminera es como la cultura del botellón: cachondeo al aire libre, ingesta de alcohol y comportamientos casi hermanados entre chicos y chicas. Con decir que visten igual ya está dicho todo. La única diferencia, según ellos, tiene que ver con las relaciones sexuales. El hombre siempre está dispuesto a follar. La mujer prefiere ir a El Corte Inglés.

No pienso volver sobre la sentencia de La Manada porque todavía estoy de ida. En esas primeras horas de estupor admiré a mis compañeros por su solidaridad de género. Había que oírlos: qué cosas decían de las mujeres, del estado patriarcal, de los sufrimientos ancestrales y de la Biblia en verso. Todavía estoy ojiplática. Algunos de los que se mantenían callados me argumentarían luego en privado que estaban en contra de la sentencia, pero se negaban a participar en ese festival de buenismo donde impera lo políticamente correcto. Y ya que no les invitaban a matizar, preferían callarse.

Un poco de razón sí tenían. Ante la dictadura de lo políticamente correcto, la libertad de expresión parece peccata minuta. La impostura de muchos machos alfa se ha colado estos días en los argumentarios falsificados expresamente para la ocasión. Sonrojada me hallo.

Que se dejen de coñas y actualicen el Código Penal ya mismo. No soy la persona más adecuada para contar cómo se relacionan sexualmente nuestros jóvenes en la frontera de la mayoría de edad. El ejemplo de La Manada es menos frecuente por la asimetría de las edades. Lo habitual es que estén más igualados. Otra novedad: estos jóvenes y jóvenas se entregan cada vez más al sexo grupal. Empiezan con el juego de la verdad y acaban pasando por todo: de la semiinconsciencia al placer, y de la risa al llanto. Eso sí: los juegos de iniciación sexual no tienen gracia si no se graban con el móvil.

Dichosas camaritas: deberían prohibirlas. Me cuentan que las orgías suelen terminar en llanto y crujir de dientes. Bajar de la nube etílica es como despertar de una anestesia. El arrepentimiento aparece entonces como un sentimiento inútil. La secuencia ya está grabada y no hay que quien la pare.

Carmen Rigalt ( El Mundo )