¿ VÍCTOR HUGO HABLABA CON LOS MUERTOS ?

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¿ VÍCTOR HUGO HABLABA CON LOS MUERTOS ?

La sombra de la maldición cubrió para siempre a Léopoldine Hugo, el 4 de septiembre de 1843. Aquel aciago día, la joven de 19 años se cayó de la barca en la que paseaba por aguas del Sena con su marido Charles Vacquerie, un joven adinerado y bien parecido con quien acababa de casarse. La embarcación alquilada en Villequier zozobró de repente en los meandros del río.

El esposo se arrojó enseguida al agua para salvarla, pero murió irremediablemente ahogado poco después, como ella. La tragedia romántica conmocionó a París, asegurándose que los cuerpos abrazados de las víctimas habían sido encontrados en las profundidades del río, pero la investigación posterior demostró que ella se hundió justo debajo de la barca y que él fue arrastrado por la corriente; los inhumaron en el mismo ataúd, en el cementerio de Villequier.

Léopoldine era la primogénita del príncipe de las letras Victor Hugo. Pero ante todo, era su hija predilecta a la que él llamaba cariñosamente «Didine o Didi», y que para colmo estaba embarazada cuando murió; no en vano, hacía apenas siete meses que la pareja había contraído matrimonio en la iglesia Saint Paul de París, en la más estricta intimidad, tras vencer las reticencias iniciales de ambas familias. Padre e hija se carteaban. Seis años antes de aquella muerte inesperada, Hugo había dedicado estas líneas a su ojito derecho: «Y después, ángel mío, escribí tu nombre en la arena: Léopoldine. Cuando suba la marea, lo borrará. Mas lo que nada podrá borrar jamás es el amor enorme que tu padre te profesa».

Aquel funesto día, el poeta había regresado ya de pasar unos días de asueto con su amante Juliette Drouet en la localidad guipuzcoana de Pasajes de San Juan, donde poseía una hermosa vivienda con acceso a la bahía construida en el siglo XVII y convertida hoy en la Casa Museo Victor Hugo. Juliette y él se detuvieron en las afueras de Burdeos para visitar el célebre osario de la iglesia de Saint-Michel. Poco después, llegaron a la villa de Soubise, donde cenaron juntos. En el restaurante había un ejemplar del periódico parisino «El Charivari», cuyo titular estremeció a Victor Hugo. Decía así: «Muere ahogada en el Sena la hija de Victor Hugo».

Esa misma noche, estampó una sola frase en su diario: «Dios mío, ¿qué te he hecho?». Con el corazón lacerado para siempre de dolor, le dedicó a su hija algunos de sus más encendidos versos de «Las contemplaciones», inspiradas durante su destierro en la isla de Jersey, lejos de Napoleón III, al cabo de diez años.

 La médium

La muerte inopinada de su hija favorita marcó así un antes y un después en la vida del autor de «Los Miserables». Aquel verano de 1853, recibió la visita de la poetisa y médium Delphine de Girardine, que había sido amante en su juventud del vizconde de Chateaubriand. Delphine llegó con una novedad de París: una mesa especial para hablar con los espíritus del otro mundo, que aún no tenía pintado el alfabeto, como la güija o tablero parlante actual.

Funcionaba a base de golpecitos, de forma que el primero equivalía a la primera letra del alfabeto, el segundo a la «b», y así hasta los veintiséis seguidos que significaban la «z». Por fin, el domingo 11 de septiembre de 1853, diez años después del fallecimiento de su hija, consiguió hablar con su espíritu. En su libro «Conversaciones con la eternidad, la obra maestra olvidada de Victor Hugo», John Chambers reproduce, según la transcripción que hiciera el propio Victor Hugo, aquella sesión tan reveladora para el poeta. Auguste Vacquerie, hermano del difunto esposo de Léopoldine, le preguntó a la mesa:

–Adivina qué palabra estoy pensando.

La mesa golpeó:

–Sufrimientos.

–Ésa no era la palabra (repuso Vacquerie, que había pensado en «amor»).

–¿Aún eres el mismo espíritu que estaba allí? (preguntó ahora Delphine).

–No.

–¿Quién eres tú? (inquirió Victor Hugo).

–Niña muerta.

–¿Tu nombre? (insistió el poeta).

La mesa volvió a golpear:

–L.É.O.P.O.L.D.I.N.E.

Victor Hugo enmudeció y creyó que el corazón iba a estallarle.

Su hijo Charles, más calmado, preguntó entonces a su hermana:

–¿Dónde estás? ¿Eres feliz? ¿Aún nos amas?

–De Dios.

–Dulce alma, hija mía, ¿eres feliz? (añadió Victor Hugo).

–Sí.

–¿Dóndes estás?

–Luz.

–¿Cuál es tu mensaje para nosotros?

–Aprender a sufrir por el otro mundo.

El espíritu de Léopoldine le pidió que dejara de sufrir, que volviera a abrirse al mundo y que disfrutara de la escritura. Y eso mismo intentó hacer desde entonces.

La Razón

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