España tiene muy buenos humoristas y demasiados chistosos que se pasan el día y la noche repitiendo las mismas historias de las que solo se ríen ellos mismos acompañados de una clá de personajes simplones que necesitan hacer una pausa entre el trago del cubata y la chupada del porro para aguantar lo que queda de noche.

No sé por qué en este país la gente se cree graciosa por naturaleza,  especialmente en algunas regiones de España donde el que no cuenta un chiste en una reunión es un malaje o un esaborío, que ambas acepciones sirven para definir a quien no participa del rito de la risa artificial. Esa creencia  sin fundamento ha llegado a confundir a sus promotores hasta el extremo de  que consideran seres asociales a los que no son como ellos.

La confusión sobre este asunto se ha expandido al área de los profesionales del chiste  y hoy en día algunos borderline que parecen normales y no lo son,  han especializado en la broma chusca y  risa sosa a costa de colectivos con discapacidad física o intelectual   y además intentan hacerle la competencia a los grandes cómicos del monologo.

Los tiempos han cambiado, las costumbres también y la conciencia de respeto a sectores  que hace unos años eran objeto de chanza, ha obligado a los humoristas a poner su imaginación trabajar para no incurrir en la humillación del débil.

El campo de investigación y desarrollo de las ideas que le queda a quienes cobrar por hacer reír es muy amplio, y eso se ha notado en las nuevas generaciones de cómicos que son capaces de estimular la imaginación y la inteligencia de su público sin necesidad de hacer una mofa de un discapacitado o un marginado social.

Ya no hacen gracia los chistes sobre los diferentes o los marginados que antaño eran objeto de bromas aplaudidas en los escenarios, como tampoco tiene ningún valor reírse de una víctima de un atentado o jalear a su verdugo y luego refugiarse en la coartada del humor para reclamar  la amnistía social.

Jamás he sido partidario de condenar  penalmente ninguna manifestación torpe o cruel que se hace contra alguien en un escenario o  se escribe en un papel,  pero entiendo que los perjudicados exijan una disculpa.  No se puede premiar la torpeza, la zafiedad, la vulgaridad y la falta de inteligencia de quienes ha equivocado su vocación y se dedican al humor cuando la gracia la tienen en el culo.

Diego Armario