I HAVE A DREAM

Hace frío y por ahora no llueve, pero hace mucho frío. La gente está en la calle y casi todos van  en grupo con ganas de que ese paseo matutino sirva de algo. Se les nota en la cara porque la esperanza tiene rostro, como lo tiene la ilusión o la preocupación, en definitiva el compromiso con el futuro que siempre es la conciencia del pasado.

Hoy sale a la calle la mayoría silenciosa y guarda silencio la tropa vocinglera porque aunque ésta es la tercera vez en cuatro años que  regresamos a un colegio en domingo, que es el único día que la chavalería no es protagonista en las aulas, persisten en hacer ese paseíllo mañanero un goteo de cientos y miles  que suman millones de personas que creen que la democracia es la única solución a pesar de que algunos destacados políticos que piden ser elegidos, son el problema. Pero no existe un sistema menos malo para la convivencia y por eso seguiremos votando.

Lo bueno de un día como el de hoy, y como el de ayer, es que casi todos respetan el silencio, guardan las formas y evitan hacer trampas.

No es un gran paréntesis ni un tiempo excesivo pero sí saludable y por eso  durante esas horas la gente sonríe, se saluda, pasea por la calle, consume un aperitivo y sueña con una España mejor,  porque hasta las ocho de esta noche estará viva la esperanza.

El reloj es implacable y a partir de ese momento, como si un comisario de una maratón hubiese dado la señal de salida, todo serán prisas histéricas, análisis precipitados, euforias controladas, cabreos apocalípticos, banderas a media asta y  llanto y crujir de dientes.

La alegría irá por barrios. Para algunos un poco sabrá a suficiente y para otros todo les parecerá  escaso porque nuestros votos se repartirán de forma que nunca les parecerá suficientes a quienes aspiraban a jugar a demócratas sin oposición.

Ése será una vez más el momento de los hooligans que sentados en las televisiones amigas actuarán como enemigos de quienes se atrevan a llevarles la contraria y acusarán  al buen pueblo español, que es el único que cumple con su obligación cívica de ir a votar , de haberse equivocado.

A esas horas el frío será más intenso y  la esperanza  de los ciudadanos estará alterada  porque nunca llueve a gusto de todos, pero los únicos que deberían tener el buen gusto de no convertirse en jueces de nadie serían los que no han ido a votar.

España vive unos momentos en el que quedarse en casa en un día como hoy conlleva la obligación de joderse y callarse.

Diego Armario