Se han hecho diversos comentarios con respecto al llamado «bono cultural» con el que el señor Sánchez intenta comprar el voto de los que se asoman a la mayoría de edad y, por tanto, a las urnas.

Nada nuevo bajo el sol, y ya en la Monarquía alfonsina -la que acabó desprendiéndose como cáscara muerta-, hubo político que compró el voto a duro -un pastizal en aquél tiempo-, e incluso ofreció un colchón a cambio de la papeleta. Si lo comparamos, lo de Sánchez es una propinilla; algo así como el regalo de ese tío que casi chochea, y que -ajeno a los misterios de la inflación- te suelta un billetazo de cinco euros con la seguridad de que te hace millonario.

Pero el regalo de Sánchez, debidamente filtrado por el señor Iceta, ministro de cultura -dicho sea en minúsculas, porque la Cultura es otra cosa-, deberá ser empleado en lo que este Gobierno considera oportuno. Un regalo con trampa, pues: toma esta fortuna y no te la gastes en chuches.

Y resulta que entre las «chuches» prohibidas están los toros. Los jóvenes -que por razón de la edad que les habilita para recibir la propinilla, y para votar, y para elegir- no pueden ir a una plaza de toros con esa pasta gansa del tito Pedro.

«Según reconoce la ley, la tauromaquia forma parte del patrimonio cultural de este país y, como tal, queda recogida su actividad dentro del Ministerio de Cultura», afirmaba la Fundación Toro de Lidia, a lo que el señor Iceta respondía que «tenemos que decidir qué sectores culturales tenemos que primar para garantizar que ese dinero crea pautas de consumo cultural entre la gente más joven y ayude a los sectores que han sufrido la pandemia».

Esto es: que la propinilla de tito Pedro se orienta fundamentalmente a decirle a los jóvenes qué es lo que tienen que ver, comprar, usar, elegir, para «crear pautas de consumo cultural». Nada extraño, si tenemos en cuenta que su motivación primera es la de decirles qué tienen que votar.

Es totalmente lógico. Un Gobierno socialista, dirigido en realidad por los comunistas, tiene que orientar su cultura en el sentido conveniente, y eso de permitir que la gente elija lo que quiere es cosa del fascismo. Los bonos hay que gastarlos en los bodrios de Almodóvar, en la familia Bardem, en las traducciones al «andalú» de «Er prinzipito», y otras tantas maravillas de la aberración pijoprogre. En cambio, los toros no son cultura digna de promoción y preservación, aunque sean patrimonio cultural.

Y uno no sabe exactamente por qué razón. Quizá por ese sentido de solidaridad animal que motiva a tantos humanitarios sin causa, para los que Hemingway dio con el retrato exacto: «Creo, por mi experiencia y mis observaciones, que los que se identifican con los animales, los amigos profesionales de los perros y de otros animales, son capaces de mayor crueldad con los seres humanos que quienes no se identifican espontáneamente con los animales.»

Son los mismos que, por ejemplo, se horrorizan profesionalmente de la muerte del toro en la plaza, pero aplauden -cuando se da- la herida o acaso muerte del torero. Los mismos que se horrorizan por la muerte del toro en la plaza, pero gritan su adhesión al asesinato de los niños en los vientres de sus no-madres, y la de sus padres o abuelos en los hospitales eutanásicos.

Pero quizá también por una visceral repugnancia hacia lo que la corrida de toros tiene de gallardía, de dignidad, de tragedia y de grandeza. La lucha del toro y el hombre, cara a cara, muerte a muerte, es demasiado para estos flojos profesionales. Nunca entenderán que el toro nace para morir así, que de esta forma se cumple su destino; que la bravura, la nobleza del toro, merece una muerte individual, propia, lejos del matadero industrial.

Tampoco entenderán nunca los flojos profesionales -tal vez entre ellos el mismo señor Iceta-, que si el toro no muriera en la plaza, la especie dejaría de existir, porque el toro bravo no es animal de tiro ni de carga -tareas, además, ya inexistentes en nuestros campos, aunque todo se andará-, y necesita unos cuidados excepcionales para su cría.

O quizá la exclusión de la fiesta de ese bono cultural -o cultureta- sólo sea cuestión de odio a lo que tiene de representativo del ser español, de la misma forma que odian la Bandera de España, el Escudo de los Reyes Católicos, la gesta del Descubrimiento y la Conquista de América, la batalla de Lepanto y tantas otras cosas.

En definitiva, odian todo lo que significa España, la cultura española, que no es -ni por el forro-, la sarta de necedades y groserías que promocionan, y de las que el ministerio del señor Iceta -y todos sus predecesores-, hace bandera para su ingeniería social.

Rafael C. Estremera ( El Correo de España )