IGLESIAS, NOVELA NEGRA

En aquella época estaba de moda conocer a un gánster. Una especie de esnobismo al revés», deja caer la turbia heroína de La hermana pequeña. Aquella época es, en la novela de Raymond Chandler, el Cleveland de los años treinta. Pero es siempre cualquier año en todas las geografías de los hombres. Que se rigen por muy pocas pulsiones básicas: dinero, sexo…; poder, que es epítome de ambos.

Claro está que un gánster sabe eso tan elemental: le van vida y manduca en desplegar con maestría tal tipo de afinidades. «Un burdel para políticos: buena información vaginal…». Pero esa fórmula no está en ninguna novela de gánsteres y proxenetas. Lo enuncia un comisario español ante un juez y una fiscala en amigable sobremesa.

La fiscala asiente: «…Éxito garantizado». El juez será luego expulsado de la carrera judicial indignamente. La fiscala llegará a ministra. De justicia. A fiscala general, luego. Y el comisario sonríe: otra inversión exitosa. Para todos.

Las calles del mundo están pavimentadas con maridos desechados», sentencia la lunar heroína de La hermana pequeña. Ahí sí, las cosas han cambiado desde los tiempos de Raymond Chandler: las calles, ahora, están empedradas equitativamente de esposos y de esposas que acabaron en la papelera de los kleenex. Pero, en política, los despechos sentimentales enmascaran cosas más serias. Casi siempre.

Cuando el caudillo populista anunció urbi et orbi, a través de las pantallas amigas, que el mismo comisario de la ya entonces ministra había intentado mercadear con «fotos íntimas» de él y de una subordinada suya en Bruselas, sus próximos expresaron sonrojo: «¡Pero si esa historia la conocía todo el mundo!»

Su anterior cónyuge iba a peregrinar de la primera fila del Parlamento a la última y detrás de una columna. La segunda emergía. ¿A quién demonios podía importarle lo más mínimo la vida «privada», en Bélgica, de un eurodiputado soltero? Ni siquiera a Interviú. Y la tarjeta sim fue devuelta.

¿A quién? ¿A la legítima propietaria del teléfono robado? No. Los depositarios de la tarjeta localizan al jefe que la acompañaba. Y, en un acto de falocentrismo abracadabrante, se la entregan a él sin dar parte siquiera a la propietaria. Pasan los meses. En secreto, el tal jefe guarda, para su uso personal, copia de la tarjeta. Después, la destruye físicamente. Sólo entonces contacta a la subordinada para entregarle una chatarra chamuscada e irrecuperable.

El caudillo político ha empezado a cotizar al alza mientras tanto. Denuncia, sólo entonces, una conspiración de las «cloacas policiales» para aniquilarle. Dirigida por el comisario proxeneta. La propietaria del teléfono se enreda en declaraciones contradictorias ante el instructor del caso.

El tiempo al cual remite esa tarjeta es el de los prolegómenos del fratricidio Errejón-Iglesias. Y el juez concluye que los documentos, supuestamente robados, fueron puestos en circulación por la dueña del teléfono vía WhatsApp.

Anula, entonces, la personación del jefe Iglesias como víctima. Y anota que apropiarse de una tarjeta ajena y destruirla es un doble delito. La fiscalía -bajo el mando de la comensal del «éxito garantizado»- se lanza al rescate, animando a la víctima a «perdonar» a su ex superior. El juez atisba una maniobra dudosa de la fiscalía… Suntuoso laberinto de sexo, dinero y odio, tras el cual, como siempre, el poder se enmascara.

Sí, era una época en la que «estaba de moda conocer a un gánster. Una especie de esnobismo al revés». ¡Qué gran novela negra!

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor