IGLESIAS SE ODIA

El joven anticapitalista que llegó a la política por la puerta de un magnate de la televisión, ese insurgente aficionado a la bordería dialéctica que denunciaba a la casta porque tenía cuentas en paraísos fiscales, casoplones en urbanizaciones cerradas, áticos en la playa, influencias con los jueces y la Policía, nepotismo familiar y todas esas desviaciones morales que a veces acarrean incluso consecuencias penales, aquel revolucionario que vociferaba en las tertulias de los platós contra el «establishment» no era más que todo lo que él mismo denunciaba.

Pablo Iglesias se odia. No puede ni verse. Ignoro cómo llamarán los psicólogos a ese tipo de síndrome por el que una persona ve en los demás todos sus defectos. Coloquialmente creo que se llama «proyección». Como te tienes tanta animadversión porque detestas todo lo que eres y representas, buscas consuelo en quienes se parecen a ti y los vilipendias de forma exagerada para lavarte la conciencia.

Creo que funciona más o menos así. Si se analiza en profundidad el perfil de Iglesias, tras la pátina de barniz democrático en la que se embadurna cada mañana antes de salir de su casa hay un extraordinario tirano aficionado a todas las depravaciones que dice combatir.

Recuerdo con melancolía aquellos tiempos en los que el fundador y dueño de Podemos creó el partido con una estructura asamblearia en la que todos tenían poder de decisión. Fueron momentos hermosos, idílicos diría yo, que pronto acabaron sometiéndose a su omnipotencia incuestionable.

Iglesias pone y quita gente en su formación como le da la gana. Todas sus mujeres han estado arriba cuando compartían el lecho con él y abajo cuando se marcharon de su guarida. Ni los faraones de Egipto fueron tan machistas y déspotas a la vez.

También añoro aquella arcadia en la que el rebelde que soñaba con las grandezas del chavismo decía que había que perseguir a los que se llevan el dinero a «paraísos fiscales y explotan a nuestros trabajadores» y luego se vio enfrascado en un cobro de 272.000 dólares del régimen venezolano ingresado en una cuenta de las islas Granadinas. Sin duda eran momentos bellos esos en los que Iglesias deploraba que se le entregara la política económica de España a un señor, Luis de Guindos, que se había gastado 600.000 euros en un «ático de lujo».

Era enternecedor escucharle hablar de su arraigo en Vallecas, donde estaba la gente de verdad hasta que él se marchó a Galapagar a vivir en un chalé de 615.000 euros. En esos años, Iglesias defendía los acosos políticos del PP porque eran el «jarabe democrático de los de abajo». «Si no hay justicia, hay escraches», exclamaba el buen hombre en sus homilías televisivas.

Ahora tiene su humilde mansión rodeada de coches de la Guardia Civil para impedir que los ciudadanos le molesten. Qué morriña de aquellos días luminosos en los que decía que «la Policía no protege a la gente, son matones al servicio de los ricos».

Qué remembranzas las del profesor subversivo de Ciencias Políticas atacando a Felipe González como el presidente de la cal viva y defendiendo a Otegi como hombre de paz. Se me viene Bécquer a la mente. Volverán las críticas a la politización de la Justicia y a las reuniones del comisario Villarejo con María Dolores de Cospedal, pero las filtraciones del fiscal Stampa sobre el robo del móvil a la asesora del héroe podemita, aquellas que sirvieron para demostrar que Pablo Iglesias Turrión es un cacique, esas no volverán.

Sinceramente, yo siento compasión por él. Tiene que ser muy duro ponerte ante el espejo y ver al monstruo que repudias.

Alberto García Reyes ( ABC )