El Gobierno volvió a ofrecer ayer uno de esos habituales episodios de fractura interna que empiezan a sonar más a una necesidad obsesiva de Pablo Iglesias por acaparar titulares para mantener la tensión y hacer ostentación de su poder en La Moncloa, que a contribuir a resolver los acuciantes problemas del país.

Hace solo tres días, en pleno domingo por la tarde, Pedro Sánchez improvisó una declaración para «vender» a la opinión pública un plan de vacunación cuando ni siquiera hay aún una sola vacuna oficialmente en el mercado, y para ello utilizó la añagaza de que España dispondrá de 13.000 puntos de distribución… que se corresponden con los 13.000 centros de atención primaria que ya tenemos.

Y ayer por la mañana, antes del Consejo de Ministros, Moncloa filtró la aprobación de un decreto por el que se creaba una «comisión interministerial» presidida por el propio Sánchez para gestionar los 140.000 millones de euros que Europa ha comprometido a España como fondos para la reconstrucción tras la pandemia.

En virtud de ese decreto, Iglesias quedaba excluido de la comisión, lo que le forzó a mantener el enésimo pulso con Sánchez para que éste, a renglón seguido y en cuestión de minutos, se viese obligado a rectificar. Así, será el Consejo de Ministros en pleno, y no una comisión de composición socialista casi exclusiva, quien controlará todas las subvenciones que se concedan con esos fondos de rescate para nuestra economía.

De nuevo Iglesias gana, y de nuevo Sánchez pierde, lo cual es un pésimo mensaje que España envía a Bruselas porque es un hecho constatable que Podemos y el separatismo no solo condicionan la gobernabilidad, sino que son quienes realmente la ejecutan retratando a Sánchez como un pelele en sus manos.

Objetivamente, Sánchez ha quedado para protagonizar las campañas de propaganda oficialista que le diseña Iván Redondo, y para tratar de crear una falsa imagen de euforia social que ilusione a los españoles con una inminente campaña de vacunación masiva. En cambio, Iglesias es el verdadero muñidor de acuerdos con el independentismo vasco y catalán, y se impone para ser el controlador de esos miles de millones en juego.

La imagen balbuceante de la portavoz del Gobierno ayer durante la rueda de prensa del Consejo de Ministros hablaba por sí misma. Lo que empezó siendo una justificación de la exclusión de Iglesias en la toma de decisiones sobre ese rescate europeo se convirtió en segundos en una sumisión absoluta del PSOE a las exigencias de Iglesias.

La Moncloa había diseñado su operativo informativo para hacer hincapié en que Sánchez asumía el «control total» de las subvenciones a empresas en dificultades y de cada proyecto de inversión visado por la UE. Sin embargo, la nueva desautorización de todos los ministros económicos fue paradigmática porque la permisividad de Sánchez con Iglesias se ha convertido en una pésima costumbre.

Podemos ha pactado con ERC y Bildu una prohibición de los desahucios y el PSOE se enteró por la prensa. Después, una secretaria de Estado de Iglesias dijo de la ministra de Defensa que simpatiza con el PP y Vox. Y ahora Iglesias exige gestionar personalmente una parte de los fondos europeos para financiar su proyecto antidemocrático para España.

Y todo ello, presumiendo sin rubor de torcer el brazo a Sánchez el día en el que fallecieron 537 personas, la cifra más alta de muertes en esta segunda ola de la pandemia. Moncloa está más pendiente de sus codazos por el poder que de asumir con más decisión y realismo la certeza de que España empeora dramáticamente en lo sanitario, en lo político y en lo económico.

ABC

viñeta de Linda Galmor