IGLESIAS, NO GRATO

La «línea roja» se llama Pablo Iglesias. El presidente no lo dijo, ni probablemente lo dirá, de este modo, pero no habrá Gobierno hasta que el líder de Podemos renuncie a ser ministro. Es un veto, sí, y un veto personal, ad hominem, acaso extensivo al núcleo más estrecho de su círculo.

El argumento oficial, y razonable, son las diferencias respecto al problema catalán, la autodeterminación, la sentencia del juicio y hasta la posibilidad de tener que volver a aplicar el 155. El real, la falta de confianza en un político de enorme potencial conflictivo: cimarrón, imprevisible, biselado de aristas, con enorme afán de protagonismo.

Sánchez admitirá independientes filopodemitas o incluso, si la negociación avanza, miembros poco significados de la nomenclatura del partido. Lo único que no parece dispuesto a aceptar es a alguien que no se considere su subordinado y le dispute el liderazgo propagandístico. No quiere en su equipo un rival con su misma ambición, capaz de competir con su propio narcisismo.

El mensaje de la entrevista en TVE fue el de que la repetición electoral está en manos de Iglesias. Consciente de que puede haber perdido la iniciativa en el punto que más le interesa, que es el del relato, Sánchez acudió al Pirulí a apretarle las tuercas, a señalarlo como el obstáculo de una alianza de izquierdas.

Las apelaciones al PP o a Cs son mera retórica; sabe que el truco no cuela y hasta le ha sentado mal que los antiguos diputados del PSOE calificaran de «honorable» la abstención ante Rajoy a la que él se opuso con todas sus fuerzas.

No se arrepiente ni de lejos porque gracias a eso está hoy en el poder, pero tampoco le ha hecho gracia esa crítica oblicua que de algún modo viene a recordar que en política hay situaciones de ida y vuelta. Sin nada que esperar del bloque adversario, su objetivo es presionar a Podemos poniendo al pablismo contra las cuerdas.

Aun así, en el mejor de los casos, le seguirían faltando votos. Cuenta con agavillar los del PNV, Compromís y el partido cántabro, pero al final todo dependerá de la abstención de los separatistas. Llegado el caso la aceptará sin remordimientos, igual que la de Bildu en Navarra, y culpará a los liberales y conservadores de no haberle dejado otra vía.

Dos meses después, las cosas están como en la noche del recuento: en la investidura Frankestein, que desde el principio es su opción preferida. Eso o volver a las urnas con una campaña expedita: entre unos y otros no me dejan gobernar y necesito una clara mayoría. Está repitiendo la estrategia estatuaria marianista.

Su ventaja es que puede hacerlo. En realidad está, aunque en funciones, al frente de una gran coalición indirecta: un Gobierno socialista que administra un presupuesto elaborado por la derecha. Un hombre tan aficionado a disfrutar del poder quizá no vuelva a hallarse en otra circunstancia más cómoda que ésta.

Ignacio Camacho ( ABC )