El sector de la atención al cliente no es lo que era. Aquella presencialidad que obligaba a los profesionales del gremio a estar hechos un pincel, cuando no con uniforme, fue dando paso a un teletrabajo que, ensayado desde hace décadas por el gremio de los teleoperadores, se ha generalizado con la pandemia hasta permitir que buena parte de los trabajadores que antes tenían que ir con corbata, pelo aseado y lustre en los zapatos vayan hoy en chanclas y camiseta de tirantes por su casa y cierren una operación mientras recalientan la comida o se rebullen en el sofá.

En continua reconversión, la formalidad de la atención al cliente es en su variante presencial, ya minoritaria, cada vez más flexible, y depende en buena parte del público potencial al que se dirige cada profesional del ramo.

Ahí tenemos a Pablo Iglesias vendiendo su mercancía con el atuendo que más y mejor puede conectar con su mercado. Dime qué te pones y te diré quién quieres que te vote.

La coleta da mucho calor, pero a estas alturas no puede cortársela por el qué dirán, los trajes de chaqueta no le terminan de caer, como alquilados, y los evita siempre que puede, y la corbata ha pasado a ser una señal de desprecio inverso: se la anuda de manera selectiva y aparentemente casual a los pocos días de desafiar la solemnidad y la compostura con el cuello al aire.

Se la quita ante el Rey y se pone pajarita en los Goya. Se la quita en el funeral civil por las víctimas del Covid-19 y se la pone para hacerle palmas a Sánchez en un acto, el de ayer en el Congreso, escrito por los mismos guionistas.

A Pablo Iglesias solo le falta decir que se viste como quiere la gente, recurso que utiliza para sacudirse toda iniciativa personal de carácter revolucionario, conservar su perfil antisistema de asaltacielos en el despacho de vicepresidente y cargar, como por encargo, contra la Constitución que prometió hecho un adán.

Como profesional de la atención física al cliente, sin embargo, Iglesias se debe a su público, que el pasado enero pasó de ser el electorado de su partido -la gente para la que aún se viste y se peina- a lo que denomina patria, que es España.

Un poco de respeto. No eran de Unidas Podemos los muertos del funeral del Palacio Real ni es de Unidas Podemos -esto está de más recordarlo- el Rey al que trata de inquietar con su look de ir o de volver de un concierto de Asfalto.

Iglesias posa para su gente, pero hace ya unos cuantos meses que dejó de estar al servicio de su excusa para atender como vicepresidente a su patria. España es mucho más que su gente. Iglesias lo sabe, pero juega al despiste y la confusión, no solo en el campo del textil.

Jesús Lillo ( ABC )