IGNOMINIA

¿ Alguien se imagina a un predicador de la yihad islamista presidiendo un organismo dedicado a la defensa de los derechos humanos en la ciudad de Nueva York? No, ¿verdad? Los neoyorquinos que vieron desmoronarse sus Torres Gemelas tras los ataques del 11-S, sepultando bajo los escombros a millares de inocentes, jamás consentirían tamaña afrenta.

Las víctimas de esa masacre, sus deudos y sus amigos son tratados a día de hoy con respeto, con veneración incluso. Reciben honores de sus compatriotas, no desprecio y humillaciones como sucede en España. Allí nadie se plantearía otorgar la condición de interlocutor válido a un terrorista irredento ni aceptar como un actor más de la escena pública al tentáculo político de una banda criminal que rehusara obstinadamente condenar los atentados perpetrados por su brazo armado. Allí no negocian con esa gentuza, no «dialogan», no claudican.

Aquí la vileza llega al extremo de entregar la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos y Cultura Democrática de las Juntas Generales de Guipúzcoa precisamente a un representante de los asesinos. De sus portavoces.

De quienes han rentabilizado desvergonzadamente en las urnas todos y cada uno de los muertos, los secuestrados, los extorsionados, los amedrentados para que abandonaran su tierra, los huérfanos, las viudas… A Bildu, antes llamado Batasuna, Herri Batasuna, Euskal Herritarrok y demás sinónimos de ETA.

En un escarnio añadido a las víctimas, relegadas al ostracismo de la memoria y la dignidad para mayor gloria de los victimarios, tan obscena elección ha tenido lugar precisamente un doce de julio, aniversario del asesinto a cámara lenta del concejal popular Miguel Ángel Blanco, abatido por el sicario Txapote de dos tiros en la cabeza disparados con un arma de calibre corto con el fin de prolongar su agonía. ¿Cabe mayor crueldad?

Pónganse en el lugar de esos padres, de los miles de padres y madres amputados de sus hijos por esa ralea sanguinaria cuyos herederos recogen hoy sin pudor la cosecha de poder sembrada a base de sangre y pólvora. Sientan su impotencia, repliquen su dolor, enciéndanse con su ira, porque ira, dolor e impotencia es lo único que esta sociedad ingrata permite expresar a esas víctimas.

Esa es la «paz» que nos construyeron unos gobernantes cobardes, carentes de honor y de empatía. Nuestra monumental derrota colectiva, reflejada en la unanimidad que ha respaldado semejante nombramiento. Ni siquiera el juntero del PP ha mostrado su rechazo a que un bildutarra alcanzara posición tan inmerecida.

«Derechos Humanos y Cultura Democrática» ¡Qué repugnante sarcasmo! La zorra más despiadada al cuidado de las gallinas. Los expertos en justificar lo injustificable («algo habrá hecho»), en señalar presas a los pistoleros y en sacar provecho electoral del terror ajeno, al frente de una entidad encargada de promover los derechos de las personas, como si la vida y la libertad no fuesen los primeros de ellos.

Los maestros en el arte de la intimidación, la violencia de baja y alta intensidad, la división, el enfrentamiento, la discriminación y el supremacismo, embajadores de los valores inherentes a la democracia. Entre sus cometidos figura, contengan las arcadas, «consolidar la convivencia ciudadana tras el fin del terrorismo». ¿Qué fin del terrorismo? Deberíamos decir su victoria, puesto que son los vencedores quienes imponen su relato a los vencidos, su versión, su asquerosa tergiversación de lo ocurrido.

El elegido para tan alta tarea, Joxemari Carrere Zabala, seguirá las huellas de José Antonio Urrutikoetxea, alias Josu Ternera, que también integró una comisión de Derechos Humanos en el Parlamento vasco, antes de huir de la Justicia acusado de gravísimos crímenes. La ignominia tiene precedentes. La historia se repite.

Isabel San Sebastián ( ABC )