A Pedro Sánchez le dio un buen día de julio por proclamar de forma unilateral, como una declaración regional de independencia, su victoria sobre el Covid. «Hemos derrotado al virus, controlado la pandemia y doblegado la curva», dijo el presidente del Gobierno mientras la bancada socialista y los miembros de su Gabinete iban afinando las manos para hacerle palmas.

Meramente tácticas, ensayadas como la ovación que vino a continuación, las prisas presidenciales por cantar victoria sobre la pandemia se sostenían sobre una hoja de cálculo que ningún experto en sanidad o propaganda, tanto monta en el departamento de Salvador Illa, sería capaz de explicar.

Habitualmente acelerada, la portavoz del Gobierno sustituyó ayer las urgencias de julio por la calma otoñal para asegurar que le parece prematura -el mismo adjetivo que utilizó para descalificar en primavera las primeras previsiones del FMI sobre España- la discusión de cualquier nueva medida restrictiva sobre Madrid. «Hay que esperar», dice la ministra, ahora subordinada a los criterios científicos que traspapeló para meterse a palmera de Sánchez.

El ministro de Sanidad modificó ayer el corte de la liguilla de ascenso a Primera de Desconfinamiento, que para Madrid pasa de 500 a 200 positivos por 100.000 habitantes.

Queda campeonato, político y judicial, tras un movimiento táctico que confirma la arbitrariedad y el autoritarismo con que el Gobierno cambia de criterio en función de sus necesidades, que desde hace semanas pasan por hacer de Madrid el foco de un conflicto cuya radiación ciega y distrae a la opinión pública, absorta y privada del debate de cuestiones esenciales -la Corona, la Justicia- para nuestro futuro democrático.

Madrid es un filón para el Ejecutivo de Sánchez, que ha encontrado en el bingo de Salvador Illa su propia película de Pajares y Esteso, en sesión continua. «Hay que actuar en clave sanitaria», repite Illa mientras saca las bolas y las canta.

Esa «clave sanitaria» a la que se refiere el titular de Sanidad -indiscutible en cualquier país de nuestro entorno, donde se aplican restricciones con apenas cincuenta casos por 100.000 habitantes- es la llave de un desconcierto que el Gobierno que un día presumió de doblegar la curva, ahora sin ninguna prisa, pretende prolongar.

«Hay que esperar», dicen las niñas de San Ildefonso.

Jesús Lillo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor