IMPREVISIÓN Y CAOS LOGÍSTICO

Con España cerca del pico más alto de mortalidad por coronavirus, y con la esperanza colectiva puesta en una pronta reversión del drama, lo cierto es que ya se pueden sacar conclusiones incuestionables sobre la gestión política de esta crisis. La principal, sin lugar a dudas, es la imprevisión.

Nadie, ningún poder público en Europa, supo intuir la magnitud de esta catástrofe ni en términos de infección y mortalidad, ni en el cálculo de consecuencias económicas. No es cierto, como sostienen ahora algunos ministros, que ya a finales de enero Pedro Sánchez asumió la envergadura de la tragedia.

Son muchos los testimonios que la hemeroteca conserva para delatar el negligente grado de descuido público que hubo hasta la imposición del estado de alarma. A raíz de esa indolencia, las comunidades autónomas no contaron con información fiable del Gobierno para adelantarse a posibles soluciones y reaccionar con más diligencia.

Aun así, autonomías y ayuntamientos como Madrid empezaron a tomar sus propias decisiones -cierre de colegios y control de los transportes- hasta la llegada del mando único de gestión creado por Sánchez.

El Gobierno debió haber reaccionado mucho antes en lugar de fomentar manifestaciones masivas de modo irresponsable. Trató de aleccionar ideológicamente al ciudadano en lugar de exigirle prudencia. Ya en ese momento, algunos países formalizaban la compra de suministros médicos esenciales, equipos de protección sanitaria y medicamentos.

Hoy España sufre trágicas carencias, y la consecuencia es que ya el 13% de los infectados son personal sanitario. Incluso empieza a haber plantes en algunos hospitales por la indefensión. El Gobierno ha ido a rebufo de los acontecimientos.

Y los medios de comunicación, imbuidos de la irrelevancia que concedía Sánchez al virus, también debemos hacer una reflexión crítica. España necesita un reparto de culpas equitativo, pero es el Gobierno quien nos fuerza a todos a sufrir ahora las consecuencias de una lucha vital en peores condiciones que países mucho más precavidos.

Además, las incomprensibles trabas administrativas están impidiendo más eficacia en el reparto de material imprescindible, que lamentablemente está siendo comprado a última hora y a un precio más caro. Pero sobre todo, esa imprevisión es inversamente proporcional a la cautela que tuvieron muchas multinacionales y empresas españolas, que sí se dotaron a tiempo de medios para mitigar la crisis.

Hoy es el sector privado el que solidariamente ha puesto encima de la mesa instalaciones, donaciones, material sanitario y equipos de protección de modo altruista. De momento, por valor de casi mil millones de euros en global.

Que sea ahora el propio Gobierno quien reconozca su caos logístico y la carestía de medios de protección revela hasta qué punto hubo una inicial frivolidad que ahora cuesta vidas.