INACEPTABLE NORMALIDAD DEMOCRÁTICA

Pedro Sánchez colonizó ayer la hora del Telediario de TVE para anunciar que el estado de alarma no solo se prorrogará hasta el 26 de abril, sino que irá más allá. Lo que verbalizó el presidente del Gobierno, tuteando a los ciudadanos y con tono mitinesco, es una suerte de alarma sucesiva esgrimiendo como subterfugio la lucha contra la pandemia. .

Primero, por el dudoso encaje jurídico de la interpretación que pretende hacer Sánchez de las previsiones constitucionales. Y, segundo, porque supondría instalar a España en una anormalidad democrática permanente.

Desde que entró en vigor la alarma, las Cortes se encuentran casi paralizadas, La Moncloa cercena la labor de los medios y la oposición se está viendo ninguneada pese a la lealtad demostrada por PP y Cs, que han respaldado otorgar a Sánchez unos poderes excepcionales a cambio de que el Gobierno asuma con eficacia de la responsabilidad de superar la emergencia.

Pese al desprecio mostrado hacia el principal partido de la oposición -ayer llamó a Pablo Casado tras más de 10 días de incomunicación- y pese a la falta de diálogo a la hora de imponer la hibernación de la economía, Sánchez exigió «unidad» y blandió la posibilidad de armar una reedición de los Pactos de la Moncloa.

 Causa bochorno y estupor que el mismo dirigente que ha hecho de la división su bandera personal, hasta el punto de gobernar de la mano de la izquierda radical y los autores del golpe separatista del 1-O, ahora apele al consenso para impulsar la reconstrucción del tejido productivo. EL MUNDO siempre ha defendido la necesidad de concertación nacional en un momento de grave incertidumbre, pero Sánchez predica lo contrario de lo que ha hecho desde que empezó su carrera política.

El presidente del Gobierno, que siempre optó por el frentismo, se ha quedado solo a raíz de la nefasta y negligente gestión de la crisis del coronavirus. Durante los últimos días ni siquiera ha tenido el decoro de consultar sus decisiones, no ya con sus adversarios, sino con los agentes sociales y sus socios parlamentarios.

Esta soledad es lo que le lleva ahora a agitar la articulación de unos pactos como los forjados durante la Transición. Lo que le preocupa es retener el poder, aunque sea a costa de una inaceptable tentación autoritaria.

El Mundo