INDEPENDIZAR A LAS VÍCTIMAS

André Malraux se le atribuye lo de que “todo hombre se parece a su dolor”. Algo parecido cabría decir de los Estados, que también se definen por la forma en que despiden a sus figuras ilustres o se comportan ante las tragedias que golpean al pueblo. La grandeur con la que Francia honra a sus muertos es la envidia para naciones eternamente enredadas en sus complejos y en estériles debates existenciales sobre el ser en lugar del hacer.

A punto de cumplirse el primer aniversario del atentado en Barcelona, el independentismo vuelve a ganar la partida -por incomparecencia- al mal llamado Estado en la digestión del sufrimiento y la gestión de la memoria. El zarpazo yihadista el año pasado ya dio paso a una inmoral patrimonialización del dolor por parte del secesionismo, que convirtió la manifestación contra el terror en unensayo general de la Diada. Territorializaron la pena como si fuera una balanza fiscal. Y humillaron a los representantes de -toda- España en un paso más del achique en el que no sólo la calle es ya coto de los lazos amarillos, sino que se niega el pan y la sal a los poderes constitucionales legítimos en el espacio institucional.

De la débil nacionalización española en el siglo XIX lo han estudiado todo sabios como Álvarez Junco. Pero qué dirán en el futuro los historiadores sobre la desidia de la dirigencia española en democracia para ganar presencia allí donde el choque identitario es una realidad cotidiana. Las batallas perdidas de antemano son aquéllas que no se dan.

Y, así, volviendo al triste aniversario, andan Torra y los suyos, con la valentía de los necios, presumiendo de que no invitan al Rey de todos a los actos que se celebren. Bien ganada tenemos la humillación el conjunto de los españoles. Porque, ¿cómo es posible que, ante el segundo peor atentado yihadista de nuestra historia, no sea el Estado, esto es, el Gobierno central, el que lleve las riendas en la organización de la dolorosa efeméride? Al Rey de todos ni tienen que cursarle vergonzantes invitaciones ni dejar de cursárselas Torra o Colau.

Porque va de suyo que la Corona debe presidir actos promovidos por el Estado en Barcelona, igual que se hizo en Madrid un año después del 11-M. (No lo verán nuestros ojos.) Entonces, en la inauguración del Bosque de los Ausentes, los Reyes de todos se hicieron acompañar por mandatarios internacionales que quisieron solidarizarse con un dolor que ni empezaba en Somosierra ni acababa en Aranjuez. A lo peor es que los sucesivos inquilinos de La Moncloa han creído que Cataluña es España, pero menos que Madrid. Y por eso el Rey de todos debe esperar que alguien le invite a honrar a las víctimas.

Eduardo Ávarez ( El Mundo )