INFANTICIDIOS

¿Amor y pedagogía a la manera de Unamuno? Lo contrario. Me quedo de un aire al leer en la prensa que Macron, ese napoleoncito con aspecto de gominola, no contento con imponer cuantiosas multas y hasta penas de cárcel a los varones que miren a las mujeres, se dispone a aplicar el trágala de la escolaridad obligatoria a partir del tercer cumpleaños. Creo que fue Bernard Shaw quien dijo que su educación terminó el día en que lo llevaron al colegio. Razón llevaba.

Yo fui al mío cuando tenía seis años recién cumplidos y ya sabía leer, escribir, hacer cuentas y corretear sin control de adultos por las calles aledañas al domicilio familiar. ¿Era un niño prodigio? No. Tuve una fantástica profesora particular -luego se volvió loca- que me enseñó las primeras letras y los primeros números, y recibí al mismo tiempo las lecciones callejeras, espontáneas y no sujetas a ningún plan de estudio que me impartía el trato con los golfillos libérrimos y felices que hacían de las suyas en aquel Madrid sin coches, sin bicicletas, sin yonquis, sin manteros, sin yihadistas, sin antisistemas, sin maratonetas, sin bolardos, sin agentes de movilidad, sin cámaras, sin manifestantes, sin indignados, sin cacas de perro y sin alcaldesas empeñadas en cerrar todas las escotillas de la libertad, incluyendo la del tránsito por las calzadas.

Tampoco, por cierto, había guarderías, hermosa palabra que hoy proscriben los camuñas de la corrección política. Yo seguiré empleándola hasta que los émulos de Torquemada me amordacen con el bozal de los circunloquios y la peste del lenguaje inclusivo. Pero vuelvo a lo que iba, esto es, al infanticidio legal, pues infanticidio es la abducción, lobotomía, confinamiento y adoctrinamiento implícitos en la medida nazi, espartana y bolchevique propuesta por Macron.

No es la única que se avecina. En España ya corre el rumor de que van a incluir en el menú de la enseñanza primaria una asignatura fiscal para que los niños aprendan a hacer la declaración de la renta y enseñen a sus padres cómo hacerla. Monstruoso, ¿no?, y más aún lo es que a la gente le parezca natural. En cuanto a lo de las miradas a las chicas… ¡Pero si las chicas también miran a los chicos guapos! ¿Cómo medirán ese delito? ¿Calibrándolo en dioptrías?

Hasta el amor quieren cargarse, pues a menudo la chispa de su ignición comienza en las pupilas. Ojos claros, serenos… Gutierre de Cetina daría hoy con sus huesos en la cárcel. ¿A do vamos?

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )