Cuentan las crónicas anónimas que un ministro de Franco, romanticón o putero – vaya usted a saber –  se ponía gafas oscuras, gabardina con el cuello alzado y sombrero para que no le reconocieran cuando iba a copular con una señora que vivía en un cuarto piso de un edificio dedicado a esos negocios clandestinos. Un día el ascensor se estropeo tocó al timbre de alarma y el portero le dijo en voz alta.  ¡No se preocupe, Don Alfonso, que enseguida arreglamos la avería!”

Aquellos eran unos tiempos como Dios manda en los que cuando un hombre o una mujer practicaban la coyunta extramatrimonial lo hacían con discreción, aunque no en secreto porque a los infieles casi siempre se les notaba en qué curvas derrapaban, por más que intentasen ir de clandestinos. ¡Esos sí que eran unos tiempos llenos de romanticismo y de riesgo, y como sucede ahora, que basta o pedir permiso y te lo dan!

Hoy, ser infiel, no supone ningún riesgo en la política, ni exige especiales habilidades de camuflaje en las relaciones de pareja, porque hace tiempo que la infidelidad se ha convertido en tendencia tanto en los partidos políticos como en las llamadas “relaciones abiertas” aunque algunos ingenuos se llaman a engaño y protestan cuando ven que su amante está haciendo horas extras fuera de casa.

En definitiva, hoy ser infiel es una señal de modernidad y así lo declaran algunas parejas de famosetes  que creen que si en política se ha normalizado la figura del tránsfuga ¿por qué habría que ponerle puertas al campo… de la cama?

Imitar a los políticos infieles con sus partidos nunca ha estado mal visto entre ellos porque de algo tienen que comer los pobrecitos cuando abandonan el lugar del que se abastecen, y esa infidelidad no cuenta como pecado especialmente para quienes cambian la ideología por el oportunismo, las promesas por lo más conveniente y la dignidad por la mamandurria.

En cambio – disculpen que se lo diga con toda crudeza y sinceridad – yo echo de menos el riesgo de hacer algo socialmente mal visto porque esta artificiosa modernidad nos ha robado a los hombres y a las mujeres una buena cuota de imaginación creativa, y ha cambiado nuestra doble vida de  siempre por la de amante fijo discontinuo, a tiempo parcial.

Me reafirmo en la convicción de que estos tiempos que algunos llaman de la nueva cultura no son otra cosa distinta a la obsesión por regular hasta las relaciones humanas, pero al final sus promotores están consiguiendo que, como en la literatura, en la vida tiremos también de los clásicos y distingamos entre el prófugo y el hombre y la mujer libre.

Diego Armario