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Resulta difícil explicar la pasión de Pedro y Pablo, que ayer celebraron su onomástica -es lo que tiene la cultura cristiana-, por los secretos.

Ellos nos habían prometido que todo se haría con luz y taquígrafos, con trasparencia, cuando sus huestes ocupasen el poder. Ya están aquí; sentados en las poltronas. Ya lograron el «quítate tú que me pongo yo». Pero nada ha mejorado desde entonces.

Al contrario, la gestión de este Gobierno, anecdotario incluido, se oculta todo con el hermetismo oficial. Se envuelve en la parafina de lo confidencial y la ciudadanía, superada ya la segunda década del siglo XXI, sabe menos de sus gobernantes y sus andanzas que en el siglo pasado.

Retrocedemos en la calidad de la democracia y lo hacemos de la mano de quienes ya se criaron en ella. Pedro y Pablo -felicidades, atrasadas- no resisten un análisis hemerográfico. Entre lo que dijeron e hicieron el abismo es tan profundo, que todo en ellos es misterio y oscuridad.

Venían a regenerar. Sólo hay que ver el CIS, sus prácticas, sus contratos, sus manipulaciones. Y le llamaban nueva política.

El Astrolabio ( ABC )