Somos el ñu que cruza el río Mara y termina en la panza del cocodrilo.

Somos la gacela de ojos desorbitados que acaba entre las garras del guepardo.

Somos la foca que remolonea en la orilla y termina entre las fauces de esa orca que emerge desde el mar con velocidad de misil.

Somos, en fin, el alimento de los gobiernos depredadores que inventan mecánicas diabólicas para seguir esquilmando nuestros ahorros.

Menos optimizar recursos, cercenar sueldos de enchufados y gestionar con sensatez, lo que sea.

Si el talento que muestran a la hora de saciar su espantosa voracidad castigando a los contribuyentes una y otra vez lo aplicasen para encarrilar los recursos evitando despilfarros chorras, se respiraría otro ambiente.

Tenía razón Jim Goad cuando, en su incorrecto, irrevente y algo cafre ensayo ‘Manifiesto Redneck’ dice que los gobiernos son una suerte de malignos ectoplasmas que hunden sus manos en nuestros bolsillos para robarnos.

Ramón Palomar ( ABC )