INSULTANTE NORMALIDAD

Me desconcierta el debate sobre normalizar el insulto. Qué hipocresía. ¡Pero si al que intenta una ironía no le entiende ni dios! Por eso la lid política conlleva improperios. La moderna costumbre de consignar «ironía on» es desoladora y significativa. Las ironías las cazan cuatro. Lo único que realmente importa antes de emitir mensajes para audiencias abiertas es si nos dirigimos a esos cuatro o a todos. Y nadie que se precie debería advertir que está siendo irónico.

La democracia instala la política sobre una contradicción: la virtud del sufragio universal tiene como reverso una servidumbre. La parte virtuosa es incontestable; las tentativas teóricas de postular un sufragio censitario basado en el nivel de estudios ignoran que la resultante de muchos millones de votos conforma mayorías y proyectos más sensatos, realistas y benéficos que los que se obtendrían si solo votaran, por ejemplo, los catedráticos o los profesores universitarios. ¿Se imaginan?

Y ahora la servidumbre: como todos votan, hay que aplanar el discurso. No siempre es el caso: los grandes estadistas son capaces de llegar a todo el mundo con mensajes profundos que piden mármol. Así era el Lincoln que se inspiró en Pericles para su más memorable discurso. Así era Churchill, que encima obtuvo el Nobel de Literatura. Así era a menudo Margaret Thatcher. Así fue en ciertos momentos Suárez porque trabajaba con la verdad y era consciente de su papel histórico.

Ser sublime y popular a un tiempo es un un regalo del cielo, un don muy escaso. En literatura lo tenía Lorca. A Vicente Huidobro, poeta excelso, no lo recitarán ni cantarán en las tabernas. La escasez del don lleva a algunos cursis a despreciar por principio las obras de gran éxito. Ahí está Cien años de soledad y Eleonor Rigby para demostrar su error.

¿Está condenado al fracaso y al olvido un escrito incomprensible? Responderé con otra pregunta: ¿Les parece que el Apocalipsis, escrito a finales del siglo primero, ha fracasado, ha sido olvidado? De su respuesta se colige que no ser entendido es diferente a no ser atendido. El maestro de la crítica literaria Pietro Citati, mente inabarcable, cree que Juan escribió su libro, precisamente, para no ser entendido. Y lo hizo así porque «sabía que los libros claros y abiertos mueren nada más nacer», y que «solo los libros que nadie puede desellar del todo siguen inflamando nuestros pensamientos por siglos».

En el otro extremo de la comunicación está el pobre político en campaña, su argumentario para párvulos, su machacar «ideas-fuerza» que más que ideas son lemas insufribles. Por eso las naciones necesitan de vez en cuando a un estadista, alguien que, además de atraer el voto, ensalce los espíritus. Aquí no crece ya esa especie. Sin altura (por esterilidad), sin ingenio (por mediocridad) y sin genuinas ideas, ¿cómo no van a vituperarse?

El consuelo es que en la afrenta también puede haber arte.

Juan Carlos Girauta ( ABC )