INSULTOS

La política española en general es de insulto fácil. A Aznar le llamaban asesino por participar en una misión de paz auspiciada por la ONU y con más de cuarenta países involucrados. Sánchez, de ideología variable, calificó a Rajoy de «no decente», lo que se puede traducir por indecente.

En los últimos días, a las decenas de miles de españoles que se manifestaron en Colón, Sánchez, el de los 84 escaños, los distinguió con todo tipo de improperios. Sin embargo, las escandalizadas son las terminales mediáticas del actual Gobierno, que no dudan en atacar a Pablo Casado cuando adjetiva a Sánchez por la operación diálogo con los golpistas. Los epítetos gruesos solo pueden circular de un lado al otro, no a la inversa.

Vivimos en 2019, en pleno siglo XXI, pero en España los derechos a la manifestación libre, a la queja y a la defensa de principios parecen todavía exclusivos de una parte de la sociedad. Es una manera extraña de entender el juego democrático.

Va siendo hora de que, con toda la serenidad posible pero con firmeza, se destierre esa especie de injuria según la cual solo se les permite manifestarse a ellos, incluso con descalificaciones.

El Astrolabio ( ABC )