IRENE Y LAS MUJERES

A priori, si se lo despojase de catecismos ideológicos militantes, me parece adecuado que exista un ministerio, o una secretaría de Estado, para fomentar la igualdad entre mujeres y hombres, porque los hechos empíricos están ahí: existe una brecha salarial que no se cierra, un dramático problema de violencia contra ellas y en algunos ámbitos, un trato social repugnante (aunque por fortuna nos vamos civilizando).

También me parecería bien -e incluso lo veo más prioritario- que existiese un Ministerio de la Familia, la célula que articula la sociedad y de la que todos hemos salido (pues aunque en Unidas Podemos no se han percatado, se sigue dando la extrañísima y pertinaz curiosidad antropológica de que la mayoría de los hijos tienen una madre y un padre que los cuidan y educan).

Lo que en cambio resulta más discutible es que un Ministerio de Igualdad deba ponerse por completo al servicio de una forma de entender el feminismo muy agresiva, de izquierda radical, anticlerical, enfadada con el mundo, que pinta a todos los hombres como mandriles y que prioriza a un colectivo gay que, con todos los lógicos respetos, es estadísticamente muy minoritario en la sociedad.

Mucho me temo, y lo he cotejado charlando con varias mujeres, que el feminismo versión Irene Montero en realidad desagrada a muchas de ellas, algunas profesionales de prestigio de carreras largas y exitosas, que han mostrado mucha más independencia vital e iniciativa que ella.

Por ejemplo, a muchas mujeres feministas -feministas de verdad y no de secta- les chirría el modo en que Iglesias ha mezclado política y vida sentimental, promocionando a su pareja de turno como si fuese el macho alfa de la tribu morada (Tania, su amor anterior, iba viento en popa en Podemos, pero tras romper con ella la humilló, arrumbándola en el gallinero del Congreso tras una columna).

Montero empezó como asesora de Iglesias y tras iniciar su relación con el líder casualmente ascendió a portavoz parlamentaria y ahora, a ministra. Esa promoción digital auspiciada por el hombre con el que duermes, ¿es muy feminista o será más bien arcaica y machistoide?

El feminismo no consiste en darle patadas a la gramática hablando del «consejo de ministras» (órgano donde, por cierto, se sienta con su pareja, incumpliendo así los códigos más elementales en cualquier empresa a fin de evitar conflictos de intereses).

Hay mujeres cristianas que desde su libre conciencia desaprueban el aborto y al tiempo defienden con fuerza y con su ejemplo los derechos femeninos y la igualdad. ¿No son mujeres? ¿Por qué se han dado los dos principales cargos del Ministerio de Igualdad a dos militantes del movimiento LGTBI que odian enfáticamente a los hombres? ¿Acaso la mayoría de las mujeres españolas son lesbianas?

El sectarismo regañón de Montero y su peripecia personal pueden tener el efecto contraproducente de acabar dañando una causa siempre necesaria.

Luis Ventoso ( ABC )