IRRESPONSABLES

Un viento de locura se adivina, bronco, en esta España cuya orfandad política escalofría. Fantasmas muy arcaicos retornan. Y esta espiral empieza apenas.

La pandemia nos atrapó en el peor momento: con un gobierno bicéfalo. Que no obedecía -convención léxica aparte- a un presidente. Que obedecía a dos, cuyo único proyecto común era el de sobrevivir. Sánchez jugaba a obtener de sus bases la fe ciega que los viejos dirigentes del PSOE le regatearon.

Iglesias atisbaba el momento de dinamitar la Constitución y abrir una sucursal europea del Estado chavista. En ese paso de danza que precede al cuchillo en la tripa, destacamentos masivos de «cargos de confianza» desembarcaron a dedo en el alto funcionariado. Cuando la toma del poder judicial se complete, será la hora del abordaje. En tanto, presidente y vicepresidente miden sus fintas. Uno habrá de destripar al otro. Cuando llegue su hora.

Bajo el manto de ese duelo, la epidemia avanzó con letalidad más africana que de país moderno. Fue posible tomar medidas en las primeras semanas, cuando la devastación del norte de Italia anunciaba lo que venía.

Cualquier gobierno, ya fuera conservador ya progresista, lo hubiera hecho. Pero eso era imposible para un poder heteróclito, paralizado por la esgrima entre dos gobiernos paralelos, cada uno atrincherado en los blindados ministerios que le cayeron en reparto. Cada uno de ambos temía, más que nada, ver su zona de influencia invadida por el otro.

Puede que los socialistas, menos alucinados, previeran la carnicería que iba a traer la decisión de no prohibir concentraciones hasta que hubieran pasado las manifestaciones del 8 de marzo. Pero pesó más su miedo a que suspenderlas fortaleciera a aquellos socios populistas, de cuyos escrúpulos en el arte de la demagogia nadie abrigaba la menor duda.

Ahora, con el país hundido en la depresión de sus 27.778 muertos oficiales; con el país aterrado ante la mayor ruina económica de su historia; con el país perplejo ante su súbito descenso al tercer mundo, los más broncos fantasmas nacionales se reavivan. Sánchez e Iglesias se conciertan para enarbolar su último salvavidas: la odiosa simbología guerracivilista.

Que, después de una tragedia humana así y en vísperas de un desastre económico sin fondo, la gente clame venganza contra gobernantes perversos o estúpidos, es de normalidad higiénica. En todos los países, de un modo u otro, sucede. Pero, hacer uso de la apisonadora televisiva que posee el gobierno para inventarse una incipiente insurrección franquista, es un acto de inconsciencia muy peligroso.

Caceroladas, pancartas y acciones de rechazo contra Iglesias y Sánchez, las está habiendo en todas las ciudades españolas. Y en los más diversos barrios de todas las ciudades. No hay diferencia, en eso, entre barrios burgueses y proletarios. La ira contra el gobierno es, si acaso, más de temer en las zonas más desvalidas, las más masacradas, las más inermes.

Y la caricatura sanchista de una «rebelión del barrio de Salamanca», con la cual etiquetar de franquismo lo que es rabia, corre el riesgo de gestar efectos paradójicos: llamar al descontento «franquismo», es abocar al franquismo a todos. «O yo o Franco» es, en boca de Iglesias y Sánchez, un ultimátum peligroso.

Sólo un gobierno que agrupe al conjunto de los partidos constitucionalistas podrá poner coto a este suicidio. Y un día los ciudadanos habrán de pedir cuentas a quienes lo impidieron. Pero puede que, para entonces, el país ya haya saltado por los aires.

Gabriel Albiac ( ABC )