La Victoria se explica por sí misma, a sí misma y en sí misma. Es axiomática. No necesita demostración, está en su propia naturaleza, tan alejada casi siempre de los vaticinios y de los sesudos análisis a posteriori que jamás cuantifican en sus ecuaciones demoscópicas el determinante latido de la multitud, que nunca se muestra a encuestas desplegadas de la misma manera que la corriente y la resaca no se evidencian en el piélago en calma… hasta que te han arrastrado.

Isabel Díaz Ayuso es el axioma de la Victoria. Incontestable. Arrasadora. Sólo ella, no el PP; partido que ni siquiera será usufructuario del triunfo de la madrileña en otro escenario electoral. Ella lo sabe y lo ha dicho con el lenguaraz casticismo con el que dialoga con el pueblo “no te equivoques, Pablo, que tengo muchos votos prestados”. Prestados a ella por ser vos quien sois, por ser como es y por haber hecho lo que ha hecho, no al PP.

Isabel Díaz Ayuso ha recibido en préstamo, ella y sólo ella, la Bona Vacantia, esos tesoros acumulados depositados a buen recaudo en los templos romanos, que andando el tiempo nadie reclamana, y que los Emperadores solían hacer suyos para financiar sus campañas militares.
La Bona Vacantia del desengaño y del hartazgo de una clase política despreciablemente adjetivable bostezaba en los templos de la abstención, varada en esa esperanza que no cabe en ninguna ecuación y que, por eso mismo, es capaz de desafiar a la razón política, a la geometría electoral y a la filosofía de mercadillo de sociólogos, politógolos y demás pedantes estampillados de analistas que se creen muy listos por hablar una jerga que nadie entiende y por manufacturar sus deseos, opiniones y disparates con pompa y solemnidad pseudoacadémica.

La Victoria solo tratan de explicarla los derrotados, pero no para coronar de laurel al vencedor sino para justificar su propio fracaso.

Por eso sus argumentos nacen todos de la frustración y mueren en el rencor, en la autocompasión tribal, que degenera en autocomplacencia de rebaño, o simplemente en la huida con la que se pretende, inútilmente, darle a la cobardía en la derrota un matiz de dignidad personal, una pátina de decoro. He ahí a los vencidos. A todos. Escuchad sus justificaciones y oleréis su frustración. Oíd el coro de sus lamentos y de sus lamentables argumentos y paladearéis su rencor.

 Eduardo García Serrano ( El Correo de España )