Esta costumbre de nuestra izquierda hispana por remover osamentas  no es nueva y apunta a una constante histórica (los eones de Eugenio d’Ors) que contradice a la imagen convencional que tenemos del progresismo. Siempre se ha dado por supuesta la idea de que la izquierda es más material, alejada de las ideas religiosas o espiritualistas, mientras que los conservadores son más apegados a una concepción trascendente (concretamente, cristiana en nuestro ámbito cultural) de la vida.

Los exabruptos y reacciones que la izquierda españolas (me centro en ella) ha mostrado históricamente me hacen poner en duda este cliché. La II República española, que supuestamente venía a traernos el laicismo y la ilustración tras siglos de oscurantismo, se estrenó, en mayo de 1931, con la quema de iglesias y conventos en Madrid y Málaga.

La insistencia y persistencia del odio religioso en la guerra civil hace pensar que  hay aquí una concepción del conflicto político como conflicto de civilizaciones y, en última instancia,  religioso. En la dicotomía Modernidad-Tradición, se suele situar a la izquierda  en el primer elemento.

Pero, ¿es así? Permítaseme repetir algo ya escrito: “Cuando se irrumpe en una capilla con la intención de profanarla, o se hace una procesión blasfema no se actúa desde la fría razón. No sirven las ideas y argumentos. Estamos en el terreno de las pasiones profundas, de lo trascendente -o su negación-, Este debate, esta lucha se sitúa en un nivel religioso, porque la actitud blasfema tiene también un carácter religioso, aunque negativo”.

Pemán, en uno de sus artículos, cuenta una anécdota significativa: en la guerra civil española,  un miliciano, en un acto de saqueo, se encuentra un fajo de billetes de banco, lo mira y lo arroja al fuego. ¿Materialismo? ¿Lucha por las condiciones económicas?

Yo diría que lucha de religión: combate apocalíptico entre el Bien y el Mal. No Postmodernidad ni Tardocapitalismo, sino Edad Media.

Tomás Sala ( El Correo de España )