JABALÍES

Como Sánchez no convoque pronto elecciones -y no lo piensa hacer, eso parece claro-, los periodistas y los diputados van a tener que ir al Congreso con casco. Porque esta precampaña infinita está provocando en la escena política una crecida impetuosa de los estados de ánimo con que los dirigentes tratan de enardecer a los ciudadanos. El político profesional, en cuanto oye tambores electorales aunque sean lejanos, tiende a creer que para movilizar a los votantes hay que excitarlos, entre otras cosas porque es más fácil que seducirlos con propuestas inteligentes y programas sensatos.

Y porque, para ser sinceros, cuando algunos especímenes raros intentan hacer esto no los escuchamos; es sabido que en España se vota mucho con las tripas, y en gran medida para fastidiar al adversario. Las redes sociales, aunque buena parte de la población no las frecuente, reflejan el retrato sesgado de una sociedad inflamada por el escándalo, envuelta en un debate feroz y encarnizado donde no brilla una sola idea y en cambio abundan los improperios, las amenazas y los agravios.

Abres el whatsapp y parece que el móvil te va a estallar en las manos. En vez de serenar el ambiente, la élite rectora lo caldea agitando espantajos. Claro que cuando un Gobierno llega al poder aliado con radicales sectarios, legatarios de terroristas y promotores de un golpe contra el Estado, se hace imposible pretender que la oposición lo combata con guante blanco.

Nos espera, pues, un año y medio de garrotazos dialécticos y de enormidades verbales, el retorno de aquellos jabalíes orteguianos; el problema es que resulta temprano para tanta munición pesada y tanta sobreactuación de saldo, y si esta berrea se prolonga demasiado acabará generando en la gente, por mucho que le guste la trifulca, un inevitable cansancio.

Esta legislatura se ha perdido. La moción de censura la ha reventado pero estaba zombi desde el principio porque la comunidad política no ha sabido asimilar la quiebra del bipartidismo. Aquel «no es no» de Sánchez envenenó la atmósfera con un smog de intolerancia, de encono trincherizo, y desde entonces todo ha sido provisional e inestable como un ejercicio de funambulismo.

Ni el precario mandato de Rajoy, con su aire desidioso y cansino, ni este turbio ensayo frentepopulista han hecho otra cosa que prolongar el vacío de una etapa inerte de liderazgos interinos. El país, que es más sólido de lo que aparenta, ha resistido, incluso encontrando energía para sofocar el desafío separatista, pero ha llegado un momento crítico en que la falta de estabilidad constituye un serio peligro.

Y no lo va a conjurar este griterío de reproches altisonantes, esta estresante estrategia del ruido, y aún menos el empeño sanchista de construir oscuros pasadizos de supervivencia para sí mismo. Estirar por más tiempo esta impostura sólo puede conducir al fracaso colectivo.

Ignacio Camacho ( ABC )