JAQUE A LA TRANSICIÓN

En 2003 llegué a la Universidad Carlos III. El primer día mi maestro me recibió y mostró las instalaciones. Al terminar el recorrido dio una ligera palmada de asentimiento y dijo: “Como verá, aquí la revolución ya está hecha”. Yo venía de la Complu, de Somosaguas, donde una parte que se creía el todo practicaba su lucrativo juego de la revolución permanente. Por supuesto, prefería ignorar aHannah Arendt, para quien la revolución o es burguesa y liberal o deviene en tiranía.

Se inclinaba, la mayoría de ellos inopinadamente, llevados por el fervor estético, por el concepto marxista de revolución social, producto de la lucha de clases y, vista la imposibilidad de alcanzar su supresión, satisfechos con la dictadura del proletariado, que no es sino de su élite y burocracia, que a su vez es la del movimiento o partido que maneja a la gente. Porque ahora no dicen proletariado sino gente y algunos profesores insisten airados en que es un campus militante y antifascista.

En los pasillos de la facul colgaban sábanas con ininteligibles consignas también en euskara, con las demandas más extravagantes y arrebatadoras. Todo era exotismo revolucionario y asfixia bolchevique, malabares y discursos de Castro. Aunque gran parte de alumnos y profesores vivíamos al margen de la performance, con el tiempo supe de las consecuencias de la aceptación pasiva de la doctrina y normalización del ambiente.

De Verstrynge me entusiasmaban -el orden da igual- sus clases, camisas, amabilidad y las chicas de quinto que se sentaban en primera fila. Más tarde tuvo un detalle conmigo. Mi aprecio sigue intacto. Del Cotarelo de los 90 aprendí el extraordinario arte de la contraintuición y muchas cosas más. Uno asume ser el mentor de la élite de Podemos, otro se solaza con el procés.

Recordaba todo esto hace unos días. Volví a Somosaguas. En cada una de las columnas de la entrada principal hay varios rostros serigrafiados. Se les muestra como “víctimas de la policía franquista”. Esos jóvenes murieron en 1976 y 1977. Antes, en la pared de la cafetería se leía alguna frase grandilocuente o antimilitarista; hoy ha sido sustituida por la imagen del desmontaje de una estatua de Franco junto al lema: “0% conservantes, 0% colorantes: 100% antifascistas”.

La pureza antifascista consiste en renegar de la democracia. Esa ruidosa minoría da jaque a la Transición; o sea, a la concordia, e instruye en la consigna, ignorancia y rencor a nuestros estudiantes. De la confortable pasividad, las consecuencias venideras.

Javier Redondo ( El Mundo )