¡ JO, QUÉ TROPA !

Nada de lo que ocurrió ayer en el Congreso de los Diputados tenía sentido. No había razón para que las izquierdas se quedaran sin acuerdo y España prolongase su falta de Gobierno actual. Pero eso es lo que ocurrió. Porque cuando se pone la negociación en manos de gentes como Carmen Calvo y Pablo Echenique, es evidente que es muy difícil llegar a un acuerdo.

Porque es altamente improbable encontrar a dos personas menos cualificadas para poder hacer una negociación así. El mejor ejemplo lo tuvimos en el último minuto, cuando Iglesias anunció desde el estrado que, como muestra de buena voluntad, renunciaban al Ministerio de Trabajo que habían exigido a cambio de conseguir las políticas activas de empleo.

Sonaba muy bien, pero la petición sólo se puede hacer desde el desconocimiento más absoluto de lo que es la Administración del Estado, porque esas competencias no pertenecen al Gobierno de la nación sino a los gobiernos de las comunidades autónomas.

Mas su propuesta quedaba muy bien ante los medios afines: Iglesias será presentado como el que aceptó formar Gobierno a cambio de las migajas del poder y aún así, Sánchez no aceptó cedérselas.

La realidad es mucho peor para España. Lo que hemos vivido esta semana en el Congreso de los Diputados es la crítica situación en la que ha metido el Partido Socialista a España. Tras el 28 de abril Carmen Calvo describió la magra suma de escaños de su formación como «una mayoría abrumadora».

Tan abrumadora como para quedarse en 124 votos a favor en la primera votación y exactamente los mismos en la segunda de ayer. Sólo han conseguido el respaldo del paniaguado partido de Miguel Ángel Revilla. Es el peor resultado de un candidato en una sesión de investidura en la historia de nuestro parlamentarismo actual.

Incluso en marzo de 2016 obtuvo él un resultado mejor, 131 votos a favor, cuando intentó suceder a Rajoy que en las elecciones anteriores había obtenido un resultado que el propio Sánchez describió como pírrico… 123 escaños. Los mismos que tiene Sánchez ahora.

Fueron muchos los que criticaron a Mariano Rajoy cuando, en aquellos días, explicó al Rey que no tenía una mayoría para formar gobierno. Sánchez, que se cree la encarnación de una deidad superior, debió imaginar que todos los que le dieron la mayoría absoluta para echar a Rajoy hace catorce meses le iban a votar ahora.

Yo no sé cómo se desarrollan las audiencias del Rey con los presidentes del Gobierno, pero me encantaría ver al Monarca pidiendo a Sánchez que le explique cómo ha conseguido llevar el encargo regio a tan desastroso final. Cualquiera con una mínima dignidad renunciaría y dejaría paso a otro.

Pero eso es imposible en esta hora porque Sánchez es incapaz de entender algo muy básico: que él fue a ver al Rey y le mintió diciéndole que tenía la posibilidad de conformar una mayoría. Porque si no le mintió, la realidad es todavía peor. Querría decir que no tiene ni idea de cuál es la fuerza real de su partido en este Congreso de los Diputados. Y entonces, en lugar de un mentiroso sería un mentecato.

Y a estas alturas, no estoy seguro de qué es peor para España. Porque ya sabemos que a los españoles no parece importarles tener al frente del Gobierno a un hombre sin palabra, que hace bandera de sus mentiras.

Pero el resultado de ayer, 124 votos a favor contra 155 en contra -vaya cifra cargada de reminiscencias- demuestra que España no puede estar en peores manos. Como bien dijo don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, cuando no logró la prometida investidura como miembro de la Real Academia Española: «¡Joder, qué tropa!».

Ramón Pérez-Maura ( ABC )

viñeta de Linda Galmor