JOHNSON, UNA CALAMIDAD PARA GRAN BRETAÑA

El primer ministro británico, Boris Johnson, ha perdido toda legitimidad. Al suspender temporalmente las funciones del Parlamento ha demostrado claramente cuál es su visión de las instituciones y de la democracia, además de causar un severo daño a la monarquía, a la que ha forzado a implicarse en un debate político que divide profundamente a los británicos.

Para el país al que se tenía como cuna del parlamentarismo es un desdoro terrible. Sea cual sea el desenlace del Brexit -que en todo caso se trata de la decisión más perniciosa para el Reino Unido en generaciones- este golpe al Parlamento y a la Monarquía va a suponer una fractura muy difícil de sanar en la clase política y en la sociedad británicas.

La convocatoria de manifestaciones de protesta imitando a los jóvenes de Hong-Kong que se defienden de la dictadura china, muestra bien el desastroso nivel al que Johnson ha llevado a su país. La maniobra es tan burda que parece mentira que haya encontrado apoyo entre los diputados conservadores que aún le siguen.

Si no es más que un instrumento para reforzar su envite a Bruselas, para amenazar a la UE con llevar al país a un Brexit sin acuerdo, ha utilizado para ello un arma cuyos efectos se van a volver en su contra.

En estos momentos no cabe más que una moción de censura en las horas escasas que el histriónico primer ministro ha dejado de margen de maniobra a los diputados, y la convocatoria de unas elecciones generales en las que los ciudadanos puedan definir una fórmula sobre su futuro juntos y sobre sus relaciones con el resto de Europa.

Nadie sabe cómo saldrá Johnson de este laberinto en el que se ha metido. Lo único cierto es que el país tardará mucho en reparar los efectos de su disparatado paso por el 10 de Downing Street.

ABC